miércoles, 31 de mayo de 2017

CONTAGIO



     Lo bueno y lo intenso de las vivencias infantiles es que todas son significativas, y cualquier historia, por inverosímil que sea, puede convertirse en un hecho real. De los hechos y de las probabilidades es de lo que están construidos los sueños, las pesadillas y las obsesiones que se forman en la niñez. Por eso las experiencias a esa edad quedan grabadas para el resto de la vida. Cuando somos niños cuesta diferenciar qué relatos son pura fantasía y cuales de ellos pueden convertirse en algo real.
     No recuerdo que cosa ocurrió, porque en algún momento de esa tarde de mayo marplatense me aburrí de patear la pelota contra la medianera del patio y entré a la cocina cálida de mate y bizcocho. La bobe cocinaba algo para la noche, y cuando se diera cuenta de las marcas de la pulpo de goma en la pared blanca de afuera seguro que me iba a retar. Solo un reto si no se daba cuenta de las flores pisoteadas... Desde la cocina salí al pasillo y luego de pasar de largo por la puerta de mi cuarto llegué a la habitación de mamá y papá. Tenía los ojos llenos de aburrimiento y no sabía muy bien qué es lo que buscaba. Entonces advertí el libro que estaba en el suelo del lado de la cama donde se acostaba papá, tenía la portada amarilla y un dibujo complicado de descifrar a mis diez años. Siempre mi viejo leía ciencia ficción, quizás a fines de la década de los 80´era lo único que se podía leer... La ilustración en la portada es la de un señor cuya cabeza era una gran esfera con un mecanismo y sobre todo eso, un sombrero. El libro se llamaba “Las Maquinarias de la Alegría” de Ray Bradbury, y fue con ese libro que dejé a Julio Verne y a Monteiro Lobato y me interné en la ciencia ficción. Eran varios cuentos, pero el que me impresionó para siempre tenía un nombre algo extraño para un título: "¡Muchachos! ¡Cultiven hongos gigantes en el sótano! "
     En la historia varias personas hacían caso a unos avisos publicados en unas revistas de divulgación científica, donde invitaban a cultivar hongos en los sótanos. La gente compraba los sobres con las semillas a través del correo y lo que ocurría es que dichos hongos eran en realidad alienígenas que a través de esporas entraban en el organismo de las personas y tomaban el control de sus cerebros. Las personas seguían con su mismo aspecto, con la misma voz, pero ya no eran ellas, Era una inteligencia colonizando a otra. Lo aterrador de la historia es que muchos se daban cuenta de lo que ocurría, pero se dejaban infectar creyendo que no se podía luchar para lo que, aparentemente, era ya una nueva realidad.
     Esas son las historias que, imposibles quizás, impresionan y se convierten en terrores factibles. Luego se acomodan en la psicología de cada uno y se archivan con un rótulo tranquilizador: Cosas de chicos.

Veinte años después de aquella tarde del libro amarillo estaba en el bar de la calle Sarmiento enfrente de la plaza charlando con Lorien. Me acuerdo que la gente de las mesas de alrededor se iban poco a poco, recién habia terminado el partido y en la tele sin sonido aparecian jugadores a los que un periodista hacia preguntas antes de que abandonasen la cancha... Yo estaba un poco aburrido, y Lorien no paraba de hablar, así que mi mirada iba vagando desde la pantalla hasta la puerta de salida vidriada y llena de calcomanías y desde la copa de vino que se acababa hasta los ojos y la boca de ella. Yo hacía esfuerzos por no perder el hilo del monólogo, pero me costaba mucho, y todo ese ejercicio de paciencia que hacía era porque no quería volver solo a casa y también porque estaba obsesionado con el culo de Lorien. Otro domingo gris se terminaba y la posibilidad de terminarlo en la cama con Lorien convertía un epílogo anodino en un comienzo de algo excitante.
     En el café estábamos nosotros dos y había un par de mesas mas ocupadas, en una de ellas una pareja mayor terminaba una pizza y en la otra un tipo de una edad indeterminada sacaba de un bolso relojes y lapiceras que seguramente vendería en la calle o en los vagones del subte. Uno de los mozos agarró el mando del televisor y empezó a cambiar canales, yo no podía sacar la mirada de la tele, pasaban partidos de fútbol de equipos desconocidos, programas de concursos de preguntas y respuestas, publicidades de coches, y clips musicales (en uno de esos fue cuando subió el volumen). Parecía que Lorien iba a seguir hablando sobre la música de Jamiroquai, pero el mozo volvió a cambiar el canal . En la tele ahora aparecía una larga fila de hormigas, eran miles transportando trocitos de hojitas verdes y también partes de otros insectos. Era uno de esos canales que programaban documentales sobre la naturaleza. A veces la imagen era panorámica, mostrando el serpenteo de la fila a través de lo que parecía ser un bosque tropical repleto de vegetación y humedad, y otras veces se detenía en el detalle de la cabeza y las mandíbulas de alguna de las asquerosas hormigas.
     Lo bueno y lo intenso de las vivencias juveniles es que uno se da cuenta que no hace falta recurrir a la fantasía para encontrar historias horrorosas. Ya sabe del frío, de las poblaciones arrasadas por las hambrunas, de las guerras y también de los desengaños y las traiciones. No, al terror no le hace falta la ilusión ni las invenciones.
Yo tampoco tenía cigarrillos y el cenicero estaba repleto de puchos aplastados, de filtros marrones y blancos y de ceniza.
¿Me estás oyendo Germán?
Si! Claro que te oigo
¿Y entonces? ¿Sabés dónde venden cigarrillos?
Si, mirá, andá a la esquina de Mario Bravo, ahí venden...
     Me quedé mirando como se iban Lorien y su culo, cuando llegó a la vereda se giró, me tiró un besito y siguió caminando rumbo al kiosco. Cuando desapareció por uno de los laterales le presté atención al relato y a las imágenes de la tele... “La hormigas Camponotus leonardi habitan las selvas de Tailandia, estas hormigas hacen hormigueros en el suelo y son atacadas por una especie de hongo Opiocordyceps, el caso es que cuando una de estas hormigas es infectada, poco a poco comienza a modificar su conducta. Tiene convulsiones y sigue direcciones erráticas. En la fase final, que solo tarda dos días desde la infección, el hongo que ha colonizado a la hormiga le ordena subir a un árbol, caminar por una de las ramas y morder una hoja hasta la muerte que ocurre cuando el hongo crece tanto que su tamaño hace que la cabeza de la hormiga estalle. Esto permite que el hongo desde la altura de la rama se esparza por todo el territorio de las hormigas...”
     Sentado ahí y sin un cigarro para acompañar la ansiedad pensé que el hongo había tardado veinte años en hacerse real, que había tardado veinte años en ocupar el sistema nervioso de un huesped involuntario y auténtico. En ningún momento advertí que esto viene ocurriendo desde hace miles de años, no, la historia tenia que ver conmigo, primero la fantasía de Bradbury en mi niñez, y ahora, en mi juventud la realidad de que una espora ocupa un individuo... Lorien ya había pagado las copas y, mientras caminábamos hacia el departamento de la calle Pringles, yo casi me había olvidado de la coincidencia entre el cuento de mi niñez y el documental que acababa de mirar en el bar. Nos terminamos los cigarros un poco después del amanecer.

     Otra vez, han pasado otros veinte años.
     Lo malo y a la vez intenso de la edad adulta es que muchas veces no importan las historias vividas o imaginadas por otros. Uno va con su mochila de historias, casi todas reales. No solo es espantosa la falta de bifurcaciones y posibilidades, sino también la certeza de que uno mismo y todo lo que lo rodea está viviendo una realidad parecida a ciertas obsesiones infantiles.
     Los amigos van llegando de a poco a casa. Celebramos el reencuentro. Algunos traen vino o cerveza. En la intimidad, quedamos de acuerdo que no les diríamos que nos estamos separando, ni ella ni yo teníamos ganas de explicaciones, de silencios ni de alianzas de género con uno u otro a lo largo de la cena. Así que nos dedicamos sonrisas duras y abrazos forzados ante comentarios o brindis propuestos en diferentes momentos de la noche.
     Hablamos de la nueva serie Sneaky Pete y hablamos también de la continuación de Games of Thrones. En un determinado momento alguien menciona el próximo estreno de Blade Runner 2049 y se arma una gran discusión en torno al papel y a la interpretación de Harrison Ford en esa película.
¿Y cómo es que estamos hablando ahora de Corea del Norte? No se, pero casi todos coinciden en que Kim Jong-un es un malo de esos malísimos. Y claro, alguien menciona a Nicolás Maduro y luego a Hugo Chávez y después a Fidel Castro. Y de Donald Trump se pasa enseguida al cambio climático. Algún escéptico arguye que cambio climático eran los de antes, los de la era carbonífera o la de las glaciaciones, pero nadie le da importancia.
     Mientras cenamos en el jardín, noto, a través de la ventana del living a oscuras, los reflejos celestes de la pantalla del televisor en las paredes.
     Me quedo mirando como las paredes cambian de color y trato de imaginar lo que sucede en la pantalla que no puedo ver. La conversación del grupo sube y baja de sonido de forma caótica. La pared refleja naranja, azules y amarillos a veces de forma suave y otras como una explosión. Y pienso maravillado: “El hongo nos reclama”. Sabemos de un montón de cosas que antes merecían más tiempo en ser aprendidas y estaban sujetas a interpretaciones y debates. Pero este nuevo saber, en este formato audiovisual, es rápido y efectivo.
     Sabemos qué países son peligrosos y cuales no. Sabemos que religiones son peligrosas y cuales no. También sabemos de nuevas discusiones en torno al género sexual y sabemos que reciclar es una nueva conducta imperiosa. Sabemos, claro que lo sabemos, que hay nuevas terapias alternativas y que alternativas hay comidas, religiones, música y lecturas. Sabemos las tendencias en la moda y en la tecnología. Y también sabemos cuando encender y cuando apagar. Y por las dudas, también sabemos que podemos acudir a Internet y a un conocimiento... alternativo.
     Nuestro conocimiento del mundo es un conocimiento sesgado y parcial, y el problema, o mejor dicho la realidad es que ese sesgo, que ese corte no es nuestro, es el de otros.
     Esos otros que nos dicen qué es la realidad y que es lo que debemos aceptar o no. Qué es lo que queremos para nuestras vidas y que es lo deseable. Cómo tenemos que amar y a quienes...
     El hongo sale de los sótanos.
     Las esporas se diseminan por todo el hormiguero.

Al menos yo sé que soy
casi yo.

1 comentario:

  1. Ya me gusta sin leerlo ni nada, Germán. Cuando termine va a ser el despiporre.

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