sábado, 20 de diciembre de 2014

UNA ALTERNATIVA EN ALGUNOS ESPEJOS



      Cada mañana González repite la rutina que comienza al despertar y termina cuando entra a la oficina. Manotea el despertador que a las siete y diez grita un nuevo día, González se incorpora, aparta las sábanas y tantea con los pies las pantuflas. Camina lentamente hasta la cocina, enciende una de las hornallas y pone agua a calentar, en una taza pone una cucharadita de café instantáneo y dos de azúcar, apaga el fuego y saca la pava que deja de silbar, vuelca el agua en la taza hasta que ocupa tres cuartos del volumen total. Al mismo tiempo González se prepara una tostada de pan integral y la unta con un poco de manteca, se sienta en un taburete de madera en la cocina y escucha la radio mientras presta especial atención al estado del tránsito. El locutor recita los nombres de los distintos accesos y salidas de la ciudad y da cuenta de la fluidez vehicular en los mismos. González no solo no tiene coche sino que ni siquiera sabe manejar, pero esa escucha matinal forma parte de su impertérrita costumbre. Deja la taza vacía, la cucharita y el platito donde estaba la tostada en la pileta de la cocina. Ahora va hacia el baño y se mete bajo la ducha, el agua caliente alarga un poco más el placer de la somnolencia. Luego, con la toalla alrededor de la cintura pasa el dorso de la mano por el espejo empañado y comienza a afeitarse meticulosamente. Imagina, como cada mañana, que la chica que siempre se encuentra en el cuarto vagón del metro le sonríe, que por fin se acercan y se besan apasionadamente. De pronto, mientras hace una pasada con la máquina de afeitar le parece ver algo impropio en el reflejo algo como un movimiento ajeno al reflejo exacto. Por un momento deja la mano suspendida en el aire, fue algo muy sutil, como un aleteo de mariposa en el tiempo de la superficie espejada y empañada en los bordes. No le da importancia, seguramente fue una ilusión óptica o un titilar de la luz del baño, piensa. A los pocos segundos se olvida del incidente. Termina de anudarse la corbata, se pone el saco, agarra el maletín y sale a la calle, camina con paso veloz dos calles hasta que llega a la estación. Baja las escaleras, pasa la tarjeta por el lector magnético y espera en el andén. Llega el subte y se sube al cuarto vagón. Su mirada repasa los asientos y la gente hasta que ve a la chica. Es hermosa, piensa. Imagina nuevamente el beso apasionado con los ojos cerrados, enamorados. Con una mano palpa el bolsillo interno del saco donde desde hace meses tiene una carta escrita para ella, sigue sin atreverse a dársela. Baja en la estación del centro, camina unos metros y llega al edificio donde trabaja, sube doce pisos con el ascensor y entonces se encuentra con sus compañeros de trabajo, con su silla, su ordenador y sus papeles. Pasa la mañana estudiando a sus clientes, antecedentes crediticios, depósitos bancarios, obligaciones impagadas, capacidad de pago y seguros comprados. Durante el almuerzo alguien cuenta un chiste en voz alta y todos ríen. Gonzalez desde su lugar, en los suburbios del comedor, esboza una sonrisa. Ahora está de nuevo en su escritorio. Un poco antes de salir del trabajo pasa al baño, deja correr el agua, se lava las manos, se moja la cara y se mira seis segundos en el espejo, se acomoda el pelo, sale y continúa con las últimas carpetas del día. A las cinco y veinte de la tarde sale de la oficina. A veces, antes de regresar a su casa, pasea un rato por las calles céntricas, recorre librerías o toma algo con un amigo. Casi siempre llega a su departamento solo. Mira la tele, se hace algo de cenar y se acuesta a dormir.
      El sol obedece las miles de alarmas que suenan a intervalos regulares en cada meridiano de derecha a izquierda, y no tiene más remedio que brillar.
      Amanece de nuevo. Gonzalez arrastra los pies desde la cocina hasta el baño. Con la toalla alrededor de la cintura se dispone a afeitarse. Comienza, como siempre, por la mejilla derecha, el perfume de la espuma mentolada le da una sensación viril, cree que se vería bien con un cigarro en la boca mientras se afeita, cree recordar haber visto esa imagen en una película pero él no fuma, jamás lo hizo. Cuando termina la segunda pasada por la mejilla derecha siente un golpe de terror en el estómago. La mano con la afeitadora le pesa muchísimo pero queda congelada, suspendida en el aire. Gonzalez se queda mirando el espejo con la boca entreabierta. Su reflejo, lo que debería ser una copia exacta de si mismo le está sacando la lengua. Se toca despacio la boca con la punta de los dedos de la mano izquierda, pero su boca está cerrada. Está aterrorizado, lo que parece ser su cara en el espejo continúa con la lengua afuera, con una mirada burlona, sosteniendo la suya, la real, la de éste lado. No atina a nada, se le ocurre que quizás, si tocase el espejo... no se... si se percatara. Si quizás... Pero no, no se anima. No hay truco ni posibilidad de broma. El espejo es un cuadrado plano adosado a la pared con cuatro tornillos empotrados en tarugos hundidos en el cemento. De pronto su cara, no, no su cara, el reflejo de lo que debería ser su rostro se mueve. Es un movimiento leve, como un cabeceo hacia la puerta del baño. Con autoridad le está indicando que se vaya, que salga del baño. Gonzalez camina rápidamente hacia su cuarto y mira hacia atrás, como esperando con horror que algo ¿él mismo? Salga tras él del baño. Se viste a toda velocidad con las manos temblando. Sale de su casa casi corriendo. Durante el camino al subte intenta pensar claramente lo ocurrido ¿una alucinación? ¿qué es lo que me pasó en casa? Se pregunta mientras tantea nervioso la billetera para acceder al andén. Sube al cuarto vagón, está ensimismado en sus pensamientos. Cuando levanta la cabeza ve que la chica de sus sueños lo mira, baja la vista de inmediato avergonzado. La levanta de nuevo, la chica lo sigue mirando con una mirada tranquila y amistosa, siente como las mejillas se le arrebatan y baja de nuevo la vista, y así sigue el resto del viaje, hundido en su habitual cobardía que tan bien conoce, evitando hacer contacto visual con la mujer que desea.
La pila de carpetas lo espera en su escritorio. Del portalápices de madera imitación ébano que le regaló su amigo invisible la navidad pasada, elige la lapicera azul, la que le regaló su jefe. El jefe tiene diez años menos que él, se rumorea que se acostó con casi todas las mujeres que trabajan en el sector “Seguros”. Un tipo muy seguro de si mismo, maneja con habilidad un sector compuesto por noventa y tres empleados. Gonzalez está convencido que su jefe es un psicópata que aprovecha las debilidades y las fortalezas de cada uno para sacar el máximo provecho para la empresa y para si mismo. El tipo llegó de París con el paquetito envuelto en papel color cinzolino brillante. Le dijo que Champs Elysees es una avenida fabulosa, usó esa expresión “fabulosa”, una palabra que usan las mujeres en las películas. O quizás también las usan en los viajes de negocios que hacen con sus jefes y la pronuncian luego de una cena con champagne, luego de una noche de sexo o un poco después de un desayuno en las Galerías Laffayette. Eso pensó Gonzalez cuando Norma, la chica nueva de contaduría, le preguntó si le había gustado el presente que le había regalado Christian, el jefe. Concentrado en la resolución de créditos, olvidó casi de inmediato el incidente de la mañana. El trabajo mecánico y repetitivo le daba una agradable sensación. Se sentía más seguro dentro de la oficina que en su casa o en la calle con amigos. La oficina era casi como un hogar paterno, donde tenía sus obligaciones, su esparcimiento y de vez en cuando recibía una reprimenda o una palmada afectuosa. Solo en su trabajo era “alguien” pero en medio de la multitud o en la soledad de su hogar no tenía nombre ni imagen. Después de almorzar liviano y del café pero antes de sentarse en el escritorio fue al baño. Se mojó un poco la cara y se miró en el espejo. Con cautela y reprimiendo un sentimiento de miedo sostuvo la mirada y se quedó varios segundos mirándose a los ojos. Por fin regresó a su escritorio y terminó con las carpetas que faltaban. Decidió salir a caminar un poco, no tenía ganas de regresar aun a su casa. Entró en una librería gigantesca que tenía varios pisos con libros apetados en grandes muebles de madera oscura. Había mucha gente hojeando ejemplares de cocina, de religión y de autoayuda. Gonzalez se puso a caminar lentamente por los pasillos dejando que su mirada vagara por los libros prestando atención, no a los títulos sino a los dibujos y las fotos de las tapas. Hubo un libro encuadernado con cuero sintético que le llamó la atención. Tenía las letras del título y el autor en bajorrelieve. Lo abrió más o menos en el medio y leyó algunos versos al azar, algunos ni siquiera los terminaba. Aburrido, estaba a punto de cerrarlo cuando una estrofa saltó hacia sus ojos y atacó su serenidad, leyó: Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro paredes de la alcoba hay un espejo, ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo que arma en el alba un sigiloso teatro.” Dejó el libro con el poema de Jorge Luis Borges y salió a la calle. Se dijo a si mismo que estaba entrando en pánico sin motivo alguno, que lo de la mañana había sido una tontería, quizás hasta podría haber sido un sueño, quizás todo eso pasó antes de afeitarse, se aferró a esa idea.
      Recostado el el sofá pasaba los canales sin detenerse más de cuatro o cinco segundos en alguno de ellos. Después de cabecear dos o tres veces apagó la tele y se acostó en la cama de una plaza y media en su habitación. Eb medio de la madrugada caminó presuroso hacia el baño tratando de apoyar solo la punta de los pies en el suelo frio. Después de hacer pis y apretar el botón de desagüe se miró apenas un instante en el espejo y apagó la luz. Se durmió enseguida, el calor y el peso de la frazada con la que se tapó le dibujó una sonrisa de placer.
      A las siete y diez el sol se despereza y, puntual, comienza a bañar los frentes de los edificios de un color amarillo pálido. Gonzalez apaga el despertador y se toma el café con su habitual tostada con manteca. Al parecer, según la radio, hay una demora en el acceso NE2 por el choque entre un camión que transportaba leche y un coche particular. El tránsito en esa zona es muy lento, a paso de hombre, y Gonzalez se alegra de vivir en la parte oeste de la ciudad, ya que si tuviese un coche y viviese en la zona noreste de la ciudad tendría que pensar en caminos alternativos y, quizás, justificar su llegada tarde ante el enojo de su jefe y las miradas de lástima de Norma y el resto de las mujeres de la sección. Pero además, si tuviese coche, no tendría nunca la oportunidad de abordar a la chica del cuarto vagón. Enjuagó la taza aun caliente bajo el chorro de agua fría de la pileta de la cocina y fue hacia el baño. Bajo la ducha cerró los ojos y se abandonó al placer que le producían los hilos de agua caliente que bajaban por su cuello, por su pecho y espalda. Trató de no pensar en la erección que tenía, si se masturbaba perdería el subte de las 8,02 y no solamente no vería a la rubia de sus sueños sino que ¡peor! llegaría tarde al trabajo. Salió envuelto en la toalla y en el vapor y se empezó a cubrir la cara con la crema mentolada frente al espejo empañado. Cuando pasó el brazo por la superficie se asustó tanto que casi se golpea la cabeza con la pared azulejada detrás suyo. El corazón le latía tan violentamente que pensó que se le iba a salir por las orejas. Ahí, delante suyo, en el espejo estaba su reflejo casi exacto. Se veía el mechón de pelo negro contra la frente, los ojos marrones muy abiertos y la nariz fina. Pero los labios del reflejo no temblaban como estaba casi seguro que temblaban los suyos, y, además, el reflejo estaba con los brazos caídos y el aun sostenía a la altura de su mejilla derecha la maquina de afeitar. Movió un poco la mano con la maquinita hacia arriba y abajo, pero el reflejo o sea su reflejo, seguía con los brazos caídos. Pasaron siete, ocho, nueve segundos y el reflejo bostezó ostensiblemente aburrido. El reflejo le sostuvo la mirada casi con fastidio hasta que Gonzalez huyó del baño. Apenas pudo anudarse los cordones de los zapatos. Casi corriendo llegó a su tren y lo abordó. La rubia estaba sentada leyendo un libro voluminoso. Su cabellera larga y enrulada caía con chispas doradas hasta un poco más bajo de los hombros. Tampoco hoy le daría la carta, estaba asustado y nervioso. Antes de subir a la oficina tuvo unos minutos para comprar en el kiosco de la esquina una maquinita de afeitar descartable. Apenas llegó se dirigió al baño y rápidamente se afeitó. El reflejo exacto le permitió comprobar que se había rasurado adecuadamente. Una vez en el escritorio, Gonzalez pensó que quizás necesitaba unas vacaciones. Pensó que lo que estaba ocurriendo simplemente no estaba ocurriendo. Que eran alucinaciones por el exceso de trabajo. No podía ser por otra cosa. Solo tomaba alcohol en las fiestas con amigos, pero nunca se pasaba. Jamás había probado drogas, salvo en aquella oportunidad en la que en una fiesta de un cumpleaños de un compañero de trabajo que ya no estaba en la firma, una imbécil le convidó una porción de torta de chocolate que estaba hecha con manteca de marihuana. En aquella oportunidad Gonzalez estaba cómodamente sentado en un gran sillón escuchando música, bebiendo una cerveza y mirándole las piernas a una chica que iba y venía con copas a veces llenas y otras vacías. De pronto el del cumpleaños y otra chica comenzaron a repartir porciones de torta de chocolate. Gonzalez primero se negó, pero ante la insistencia aceptó y comió su porción como la mayoría de los que estaban allí. Al poco tiempo, cuando se quiso levantar para ir a buscar una lata de cerveza tuvo un ligero mareo, se quedó sentado y decidió esperar unos minutos. La chica de las copas se le acercó y le preguntó si quería algo. Gonzalez le dijo que si, que quería una cerveza. ¿fría? ¿el qué? ¿fría la cerveza? Insistió la chica, Si, por favor. La chica se fue y Gonzalez se quedó mirando como se alejaba, sus piernas largas, la minifalda y la nuca de la chica que llevaba el pelo negro con gel casi rapado. Para Gonzalez pasaron años hasta que la chica regresó, pero se dio cuenta que las manecillas del enorme reloj de la pared de enfrente apenas se habían movido. Quiso hacerle un chiste a la chica pero se le trabó la lengua. La chica se rio y él empezó a reírse histéricamente. Se dio cuenta que los que estaban cerca, al oírlo reir también se reían. Quería parar, pero no podía, escuchaba su risa como si viniese de otro lado, como si llegara a sus oídos desde afuera. Notaba como su estómago se contraía y se aflojaba por la risa pero también lo sentía como algo ajeno. La risa le hacía perder el aliento, sentía que se ahogaba, pero ni siquiera eso hacía que pudiese parar de reir. Por fin logró controlarse un poco, aunque de vez en cuando al oír una voz un poco más aguda que las otras o al ver como interactuaba la gente volvía a tentarse y las carcajadas regresaban. Una de las chicas se sentó en el reposabrazos derecho del sillón donde estaba él y le decía a la otra que le parecía que se había equivocado porque no estaba segura si el bizcocho debería llevar quince o veinticinco gramos de marihuana. La otra le decia que eso variaba en cuanto a la calidad de las hojas, de los cogollos o si eran de variedad sativa o indica. No lo sé decía la primera, lo hice más o menos como me pareció. Gonzalez se metió en la conversación y le dijo que la próxima vez podía usar, en vez de huevos gelatina y en vez de agua, almibar. ¿En serio? Le preguntó una de las chicas, Si, en serio, hay que hacer las cosas como las hiciste, o sea, como te parezcan. Tenés razón, le contestó la chica sin advertir la ironía. La otra ya se había ido. Gonzalez recordaba que se había acostado con la chica en la habitación del dueño de la casa. También recordaba que se había quedado dormido después de que la chica se fue un poco frustrada por la rapidez con la que él había acabado. Lo despertaron con las primeras luces del día siguiente. Se levantó de la cama excusándose con el dueño de casa que lo palmeaba y le sonreía. Luego, las siguientes semanas en el trabajo, el tipo se le acercaba para conversar pero Gonzalez hacía todo lo posible por evitarlo, hasta que un par de meses mas tarde, por suerte suspiró Gonzalez cuando se enteró, lo despidieron.
      El aroma a sándalo Clive Christian de su jefe lo saca de la ensoñación, Gonzalez se enfrasca en una de las carpetas y el jefe de pie a su lado lo felicita en voz alta para que todo el mundo lo oiga. “Gonzalez, su trabajo es muy efectivo, en la empresa valoramos su dedicación.” Lo dice mirando en todas direcciones pero no a él. Gonzalez intenta responder pero ya es tarde, el jefe se aleja saludando a las chicas que, arrobadas, aprecian su paso atlético y juvenil con deseo muy mal disimulado. De regreso a casa, cena algo ligero y se queda enganchado en un canal de televisión. Observa, recostado en el sofá, la pantalla sin sonido y el documental que narra el trabajo maravilloso de las termitas que construyen termiteros de hasta tres metros de altura. Se interesa en el trabajo especializado y de como millones de ellas pueden convivir sin conflictos internos. Cada una hace lo que debe incansablemente a lo largo de su vida.
      A las dos de la mañana se despierta sobresaltado, ahora en el televisor hay un predicador de alguna religión que recita con los ojos cerrados alguna alabanza. Apaga la tele, se acuesta en la cama y se duerme de inmediato.
      El sol ha sido adorado por casi todas las culturas desde tiempos inmemoriales. Quizás, si no hubiese sido venerado, aparecería cada mañana de la misma forma que lo hace. Sin sorpresas ni improvisaciones. Gonzalez no tiene ganas ni siquiera de un café. Dilata el tiempo despierto y tendido en la cama bajo la frazada a rayas. Lo cierto es que teme enfrentarse al espejo. Pero el trabajo lo espera, y debe ducharse y afeitarse. Se enjabona y se enjuaga meticulosamente. Cierra el grifo y se enfrenta al espejo. Con algo de temor barre la superficie empañada y ve su cara. Tiene un aspecto terrible. El pelo revuelto, unas ojeras pronunciadas y algo mas. Algo que no acierta a distinguir claramente. Pero si, es rouge. Se toca la comisura de los labios pero el reflejo no lo hace, en cambio, le sonríe con suficiencia y le guiña un ojo. Detrás de la figura alcanza a percibir el paso de una figura femenina. Fue algo muy rápido, los hombros desnudos y una cabellera rubia. Hasta le pareció percibir un aroma a duraznos, grosellas y cilantro. Es el mismo aroma que usa la chica del subte. Gonzalez recuerda que pasó toda una tarde en una perfumería del centro probando perfumes femeninos tratando de dar con el que usa la mujer de sus sueños, la mujer de sus viajes matinales. Al fin dio con el Cabotine de Grés. Gonzalez mira el espejo sin miedo pero con una mezcla de envidia y rencor. ¿Su reflejo se estaba acostando con su chica? ¿El reflejo con el otro reflejo? ¿Qué mierda le estaba pasando? Se pregunta con indignación. Le pega una trompada al espejo que se rompe en pedazos grandes, algunos quedan dentro de la pileta mezclados con espuma y otros se esparcen por el piso. Gonzalez sale con cuidado del baño y se viste con enojo. En el subte se sube al cuarto vagón y busca a la chica. Ella levanta la mirada del libro y le sonríe, Gonzalez le devuelve una mirada llena de odio y desprecio. “Puta, sos una puta”, piensa. Llega a la oficina y un compañero lo palmea. “¡Que carita Gonzalez! ¿estuvo buena la noche? Gonzalez se escabulle y se refugia en su escritorio. Trabaja sin descanso hasta la hora de salida. En el centro va hacia un negocio de artículos del hogar y se compra un espejo de setenta por setenta y cinco con sistema antivaho Clartherm. Una vez en su departamento lo instala en el lugar donde estaba el otro y lo mira satisfecho.
      Esa noche se acuesta temprano y se duerme plácidamente.

      Si el sol tuviese algún tipo de conciencia, quizás se sentiría un prisionero rodeado de pelotas enfriándose de a poco que dibujan elipses a su alrededor. Quizás se consolaría mirando a Urano con su extraña rotación y sus satélites tan literarios. Pero el sol no tiene, aparentemente, noción de si mismo. Así que su movimiento es tan poco interesante como el de las medusas. Gonzalez se despierta y desayuna su café y la tostada. Termina de ducharse y se enfrenta al flamante espejo totalmente limpio y sin condensación. Tan limpio está el espejo que no aparece en él ni siquiera su reflejo. Gonzalez putea en voz baja y se lleva la máquina de afeitar y la espuma mentolada al trabajo. En el vagón del subte revisa papeles de trabajo y no levanta la mirada ni siquiera una vez. Antes de entrar a la oficina mete la mano en el bolsillo interno del saco y hace un bollo con la carta inútil que lleva desde hace meses. Se dedica intensamente a su trabajo, ya tendrá tiempo de pensar si las vacaciones de veinte días “all inclusive” las toma en el caribe mexicano o en Río de Janeiro.  

viernes, 31 de octubre de 2014

CUATRO CUENTOS BREVÍSIMOS Y UN EXABRUPTO




UNO
No sé porqué me llamó la atención el tipo. Quizás era su mirada, una mezcla de decisión con algo de timidez, si es que esa mixtura que roza el oxímoron es posible. Era un tipo con apariencia corriente. Usaba camisa celeste, jean y zapatillas. Tendría unos treinta años, o quizás un poco menos. Tenía puesta una gorra negra con una pequeña visera. El tipo estaba de pie en una esquina muy transitada y cada tanto alguien se lo llevaba por delante sin querer. Algunos mascullaban una disculpa y otros seguían sin prestar atención. Pese a los empujones y al gentío, se mantenía de pie y miraba hacia un lado y otro como si estuviese a punto de comenzar a hacer algo que ni él mismo sabía que era. Comenzó a mirar fijamente a una señora algo mayor que caminaba con la que seguramente era su nieta. A la señora le quitó torpemente la cartera y a la nena, con un gesto rapidísimo, le sacó el chupetín de la boca. En medio de los gritos de la vieja y de las miradas que comenzaban a reparar en su figura, el tipo se elevó unos centímetros del piso. Yo no atiné a nada, estaba sorprendidísimo con todo lo que estaba pasando, o quizás me quedé quieto porque no soy de reaccionar rápidamente. Nadie pareció notar que el tipo se elevaba cada vez más. Desde una altura de unos tres metros el tipo flotaba sosteniendo la cartera de la vieja con la punta de sus dedos. Llevándose el chupetín a la boca le sonrió con suficiencia a la muchedumbre. De pronto un chabón le tiró un adoquinazo al grito de “¡ladrón hijo de puta!”. El muchacho se vino abajo y la multitud empezó a pegarle puntapiés, a insultarlo y a escupirlo. Llegó la policía y, mientras se lo llevaban, el tipo no dejaba de murmurar “puedo... ¡puedo!, dios mío, ¡puedo!”. Uno de los policías le dijo paternalmente: “no pibe, eso no se puede hacer, está mal.”
Durante tres o cuatro días todos en el barrio comentaban asombrados de que alguien tuviese la osadía y la desfachatez de robarle a una señora mayor y a su nieta. Aunque otros, aún más asombrados, se decían que había que ser medio boludo para robar en un lugar tan transitado y frente a una comisaría.



DOS
Todos caminan presurosos rumbo al trabajo o a la escuela o hacia alguna asquerosa obligación de esas. El papel está tirado en el piso, ya tiene marcas de varias suelas. Alguien repara en él y lo levanta. El papel tiene una escritura casi ilegible. Está escrita con tinta azul y en cursiva:

Podría haber nacido en cualquier sitio del planeta. Entonces, podría estar preso de cualquier circunstancia cultural. Podría haber nacido pobre o rico, podría ser un miembro más de la clase media en Uganda, Paraguay o Irlanda. Pero el azar me hizo nacer aquí, con estos programas de televisión y no otros, con estas golosinas y no otras... Podría haber nacido en cualquier época. En la época de los prodigiosos brahmanes hindúes o en la época de los milagros en el Mar de Galilea. Podría haber nacido en Mongolia, donde siempre es la misma época histórica, pero nací en esta, donde existe la anestesia pero todavía no existe la mayonesa que no engorda. Algunos insisten en que las circunstancias las fabrica uno mismo. Tonterías. Estamos presos de decenas de variables que escapan a nuestra voluntad. Quizás por eso, la única certeza es la muerte. Quizás por eso la espero con ansiedad, como si fuese el único hecho definitivo y sin margen de contextualización (que palabra de mierda para escribir en cursiva), o de interpretación.”

En un costado del escrito había una multiplicación: “12,345,679 x 9
Y del otro lado, el papel estaba impreso y se leía “Tintorería Pekín” y más abajo: “un saco: lavado y planchado 16,75,-”




TRES
Lo deseó intensamente. Sabía que esa era la principal condición para que ocurriese. Y sabía que también era un requisito ineludible que ese deseo durase día tras día durante meses y años. Que el deseo tenía que transformarse en una obsesión abrasadora y que no bajara la intensidad en ningún instante. Esa tarde, en la soledad de su habitación se enfocó una vez más en lograrlo. Cerró sus ojos y dejó que la adrenalina recorriera todo su cuerpo y se hiciera dueña de cada uno de sus músculos. Lloró conteniendo las lágrimas detrás de sus párpados. Se abandonó en la calidez del llanto sin dejar de estar enervado, sin perder la concentración ni la tensión. Sus ojos cerrados se enceguecían de manchas fosforescentes. Perdió la noción del tiempo. Cuando abrió los ojos supo que lo había conseguido. Había huido, ahora habitaba otro cuerpo. Sereno y cauto, dedicó los primeros segundos a sentir su nuevo estado. Se miró unas manos pequeñas muy blancas. Estaba sentado sobre una cama. Miró el suelo de madera y las paredes cubiertas con ilustraciones de animalitos y caricaturas amistosas. Había una caja donde asomaban juguetes. Estaba emocionado, ¡era un niño!. Tenía toda una nueva vida por delante. Podría, en esta especie de eternidad, estudiar más idiomas, probar otros estudios, y más adelante disfrutar de nuevas mujeres...
No se atrevía a bajar de la cama. No sabía en que lugar estaría. ¿Cómo serían sus padres? ¿Tendría hermanos? ¿En qué año estaba? ¿En qué sitio del mundo estaba viviendo?
Del otro lado de la puerta cerrada de la habitación se oía una discusión entre un hombre y una mujer que, de a poco, iba subiendo de tono. Acarició el acolchado rosado y reparó en la fila de muñecas que lo miraban del otro lado de la habitación. Se vió a él mismo con una musculosa con volados rosados y una falda que le cubría “sus” piernas de no más de ocho años. Toda una vida se había entrenado y esforzado por lograr la transmigración y volver a ser niño. El truco de la inmortalidad. Pero ahora estaba dentro del cuerpo de una niña. Se sintió raro pero no se asustó, es algo que estaba en las probabilidades. Fuera de la habitación hubo un estallido de vidrios rotos. Ahora la discusión entre el hombre y la mujer era a los gritos. De pronto hubo un escándalo de sillas caídas, otro vidrio más y el grito golpeado y roto de la mujer. Silencio. Lo único que se oía era un sollozo debil a lo lejos. La puerta se abrió de golpe con una patada, la luz debil y el olor a alcohol entraron juntos. Supo que pasaría toda una vida para intentar huir de ahí.




CUATRO
Tres de la mañana. Control remoto en la mano. Me estoy por quedar dormido. Apreto el botón, noticiero en francés. Apreto el botón, cartoon network. Apreto el botón, noticiero repetido del mediodía. Apreto el botón, un coso que adivina el futuro. Apreto el botón, juego de llamar y ganar. Apreto el botón, más dibujos animados. Apreto el botón, uno de barba larguísima y turbante habla inexpresivo mirando de frente. Subo el volumen.. “...ques más porque ese no es el camino. Porque hay un lugar donde están todos los objetos perdidos. Un lugar muy cercano al infierno. Un lugar donde están las llaves, las pelotas de plástico, los chupetes, las lapiceras y las medias sin su par. También está la lista de todos los besos que no has dado, por cobardía o distracción. Está todo lo que pudiste haber sido. Pero las personas que amamos no están ahí, esas siempre se quedan con nosotros...
Apreté el botón y apagué la tele. Me fui a dormir un poco frustrado. Nunca hay una teta cuando hace falta.



CINCO
Por el culo te la hinco.




martes, 14 de octubre de 2014

CABEZA PARLANTE


Estoy mirando mi último amanecer.

La noche pasó como siempre. Un poco fresca y bastante tranquila. Las noches fueron el único alivio en medio de esta asfixiante realidad. Mi mirada se perdía y mi alma se liberaba en la generosidad del cielo plagado de estrellas. Nunca la oscuridad fue tan brillante como la de esta semana que pasó. Mis últimas seis noches fueron silenciosas y solitarias. Mi consuelo fue la soledad. Ahora, mientras sube el sol por última vez para mi, me invade la certeza de otro día de gritos y de la crueldad sin culpa de los niños.

Soy la “Cabeza Parlante”. Eso gritan los niños. El primer día guardaron una distancia prudente a mi alrededor. Tenían curiosidad pero también cierta sensación de peligro. Luego uno de ellos juntó valor y se animó a escupirme, luego lo siguieron los demás. Pero cuando el sol se ponía, las madres llamaban para la cena, entonces los niños se iban, y yo me quedaba a salvo envuelto en la soledad del desierto. Mientras la noche crecía podía ver las casas a lo lejos con las ventanas iluminadas y un poco más tarde como se apagaban una a una hasta que todo era oscuridad y estrellas.
Creo que no tiene sentido contar que fue lo que hice. Es cierto, hice algo malo. Pero también es cierto que bajo el pretexto de la ley, la gente hace cosas horribles y el sadismo se exhibe amparado en forma de correctivo para los demás. Ahora nadie pronuncia mi nombre y nadie me dirige la palabra. Solo los niños me gritan “Cabeza Parlante”. Mi nombre quedará olvidado y solo seré recordado por mis faltas y, sobre todo, por el castigo.

Después de la sentencia lloré mi culpa y grité por clemencia. Pero la condena ya había sido impuesta y los hombres que me arrastraron hasta aquí hicieron lo que tenían que hacer sin decir palabra.
-¡Cabeza Parlante!-, gritaban los niños. Luego se animaron a saltar a mi alrededor. El polvo que levantaban con sus pies mientras gritaban me asfixiaba y se pegaba a mi rostro cubierto de sudor, la arena se metía por mi nariz y bajo mis párpados hinchados. Cuando los grandes no se daban cuenta, también me arrojaban desperdicios sin dejar de cantar, -¡Cabeza Parlante, llora un poco más!-.
Durante las primeras horas supuse que el suplicio sería mirar indefinidamente hacia un mismo lugar como una especie de corrección por haber tomado un camino que no era lo que la ley (y las costumbres) permiten. Pero luego, a medida que pasó el tiempo, empecé a sentir la arena a mi alrededor y una dolorosa inmovilidad. Me enterraron hasta el cuello, me cansé de gritar perdón, no podía parar de llorar. La arena me comprimía cada parte del cuerpo y apenas me dejaba respirar. Con el correr de las horas sentí la garganta áspera como el mismo polvo que me rodeaba y la sangre de mis labios reventados fue el único líquido que pude tragar.

Tengo que pagar por lo que hice hasta que ya no se pueda exprimir más culpa de mi, pagar hasta morir.

Sé que en la oscuridad y bajo las sábanas, hombres y mujeres hablan en susurros de todo lo que ocurrió. Sé que casi todos en el pueblo han hecho en alguna oportunidad lo mismo que yo. La diferencia es que nadie nunca se animó a decirlo. La diferencia es que todos lo niegan y hasta ahogan el recuerdo para sí mismos. Lo que no se nombra no existe. Lo que hice mal, al fin y al cabo, fue decir públicamente lo que hice sin remordimientos. Desafié un orden en el que todos, armados de hipocresía, se habían acomodado.

Y ahora tengo que sufrir la vergüenza colectiva. Mi vida destrozada por quebrar un tabú.
Cuando por fin se den cuenta que he muerto vendrán por la noche y ocultarán mi cadáver. Al otro día nadie hará preguntas y poco a poco seré olvidado. El castigo quedará flotando en el recuerdo de cada uno como una advertencia. Mi vida le dará más tiempo a la Costumbre.

El sol sigue subiendo y hace rato que mi cabeza yace de costado. No tengo fuerzas, ni siquiera, para sentir miedo. Me estoy apagando. No puedo abrir los ojos, pero oigo los gritos y las risas que se acercan.

Casi puedo adivinar la decepción y el desencanto que sentirán los niños cuando, por fin, lleguen hasta mi.


jueves, 2 de octubre de 2014

PACIENCIA

     No es que no tenga palabra. La tengo. Y compromiso también.
     La rutina diaria y, sobre todo, la falta de la misma, hace estragos en mi capacidad de crear nuevas historias. Y no es que no las tenga. Les falta un poquito de trabajo, de trabajo de escritor.
     La tentación me hace ir para el lado de la narración de algunas historias casi verdaderas donde lo más importante son sus personajes y no tanto lo que sucede en ellas. Pero decidí que no tengo ganas de que existan por aquí unos cuantos hijos de puta.
     La lista de personas queridas es, cada vez, menos extensa. Lástima no haberse quedado a vivir en la adolescencia. Es una pena no haber vivido en Londres y dejar la ventana abierta. Nunca tuve oportunidad de mudarme a la la Isla del Nunca Jamás. Quizás soy un poco injusto con este señor que me mira desde el espejo. Un poco harto, sospecho, el espejo.
     Se acumulan las historias que me piden unas horas de trabajo, pero también unas horas donde lo único urgente sean solo ellas.

     Está la de la bruma en Barcelona y la huida de tres amigos hacia las alturas del Tibidabo.
    
     Está la del tipo que nota que van desapareciendo cosas a su alrededor, primero el desodorante, al otro día un par de zapatos. Lo desconcertante es cuando descubre, fumando un cigarro desde el balcón de su casa, que falta un edificio en la línea del horizonte que conoce de memoria.
     
     Hay otra historia que tengo escrita en la solapa de un libro que no puedo encontrar y sospecho que está en una de esas cajas apiladas sobre el armario.


     Unos días más.