martes, 10 de mayo de 2016

PARA QUEDAR BIEN


Créanlo o no, yo estaba convencido que la palabra era “cercionar”, lo primero que hice fue corregirme y pronunciar y escribir varias veces “cerciorar”.
Después vinieron los demás cambios.
Dejé de usar jeans sucios y rotos y comencé a usar pantalones de vestir y zapatos.
Me corté el cabello y me emprolijé la barba.
Dejé de fumar y dejé de beber.
Y todo esto, para quedar bien con Guillermo
Desde hace un tiempo lo único que ocupa mis pensamientos, y la mayoría de mis conductas, es quedar bien con Guillermo.
No recuerdo exactamente como empezó esta obsesión abrumadora. No importa lo que yo esté haciendo, lo que esté deseando o lo que sueñe, haga lo que haga todo está atravesado por esta directriz urgente e imperiosa: “Tengo que quedar bien con Guillermo”.

Y para quedar bien con Guillermo, lo primero que hice, además de los cuidados básicos en mi apariencia, fue dejar de escuchar música simple como el rock de los Rolling Stones o el reggae de Peter Tosh. Ahora mismo no puedo entender como un tema tan rudimentario como “Happy” me ponía de tan buen humor o una canción como, digamos, “Fool to Cry” me sumía en una melancolía difusa e idiota. ¿Cómo es que yo podía estar horas escuchando la cadencia imbécil de un reggae? Pero mi decisión ha cortado con todo ese chapotear en la ignorancia, porque para quedar bien con Guillermo comencé a escuchar, al principio con esfuerzo y después con un placer indecible, a pianistas como Alfred Brendel, Sergei Rachmaninov o Emil Gílels.
De todas formas yo sabía que tendría que hacer mucho más para lograr el aprecio de Guillermo. Dejé también de leer de forma desordenada y aleatoria. Dejé de leer libros superficiales que nada dejaban en mi espíritu y comencé una lectura metódica y fructífera que incluyó a grandes escritores de la talla de Maxim Gorki, Aleksandr Pushkin o León Tolstoi. Alguien podría advertir que menciono solo escritores rusos. Eso tiene una explicación lógica, a raíz del método que me impuse, decidí hacer lecturas cronológicas teniendo en cuenta las influencias de cada autor. Ya había pasado por los alemanes desde Walther von der Vogelweide hasta Bertolt Bretch, y por los franceses comenzando con Rabelais (y no terminándolo) y entreteniéndome con Antonín Artaud y, por supuesto, los paraguayos desde Juán Crisostomo Centurión y Arturo Roa Bastos hasta Santiago Montiel y Nicolás Granada.
Pero todo esto no era suficiente para presentarme frente a Guillermo y que, además, éste al verme se le iluminara el rostro como quien abraza a un colega o un amigo. No, claro que no, debía esforzarme muchísimo más. Y por eso mismo dejé de reunirme con mis amigos los sábados por la tarde para ir a jugar al fútbol, ese juego de mamertos que corren detrás de una esfera sin ton ni son. Las clases de esgrima afinaron mis reflejos y estilizaron mis movimientos. Además, el entorno cultural de la esgrima distaba mucho de los eructos ensordecedores producidos por la ingesta de cervezas después de los partidos que entusiasmaban tanto a mis ex amigos.
¿Cómo es que yo quedaba extasiado ante los colores primarios de la cultura pop y no había abierto los ojos a la verdadera belleza? Pieter Brueghel, Evelyn De Morgan, Johannes Vermeer... ¡¡ahí está la belleza!! y por supuesto que también en los lienzos de El Bosco, Salvador Dalí y Vincent Van Gogh...
Me dedicaba todo el día a cultivarme. Utilizaba los cinco sentidos en transformar toda mi cultura y mi forma de ver al mundo y al producto de los hombres de una forma elevada e hipersensible y, a la vez, crítica y objetiva. Porque solo así quedaría bien con Guillermo y me ganaría su atención y, quizás, su estima y respeto.
Me pasaba los días en las bibliotecas, sentado ante los libros abiertos y tomando notas. He llenado cuarenta y tres cuadernos de tapa dura con todas las hojas ocupadas por una caligrafía pequeña y apretada y, sin embargo, legible. Me sumergí en enciclopedias y en atlas, revisé anuarios y biografías, agoté las novelas históricas y los ensayos.

Entonces fui más allá. Porque siempre hay que superar lo que uno toma como sus límites. Jamás hay que quedarse inmóvil y decir “yo soy así”. ¡No! Claro que no. Hay que expandir el conocimiento y las formas. Y yo fui capaz, luchando contra todo lo aprendido de transformarme en otro hombre.
Y entonces, para quedar bien con Guillermo, dejé de escupir desde la ventanilla de los taxis y también dejé de hacerlo mientras caminaba.
Dejé de sonarme la nariz soplando primero con un orificio tapado por un dedo y después con el otro. Dejé, en el mismo orden de cosas, de hacer bolitas con los mocos semisólidos y pegarlas debajo de escritorios ajenos o en la parte posterior de las butacas de los cines.
Dejé de beber hasta el límite del vómito y la conciencia.
Dejé de llenarme la boca con comida y de ayudarme con los dedos para que entre más.
Comencé con el hábito de lavarme las manos después de mear.
Dejé de improvisar horcas en los parques y de usarlas con gatos callejeros.
Deje de comer chicles con la boca abierta, y un poco después, dejé de comer chicles.
Deje de ir a las puertas de los colegios para mirarles las piernas a las chicas que salían de clases. Dejé de insultar aun cuando tuviese motivos para hacerlo.
Dejé de tirarme pedos en los ascensores, y un poco después, dejé de tirármelos en cualquier circunstancia. Y dejé de rascarme los testículos para, acto seguido, olerme los dedos.
Dejé de sacarme cera de los oídos con cualquier objeto propicio para ello, como fósforos, escarbadientes o rollitos de papel.
Comencé a bañarme, al menos, día por medio y no, como antes, que lo hacía solo los sábados por la tarde. Y más aun, dejé de oler la ropa interior que me sacaba antes de colocarme bajo la ducha.
También dejé de hacerles zancadillas a los ciegos y de patearles el bastón a los ancianos.
Me transformé y renací. O quizás morí y me reinventé.
Pero todo fue inútil, Guillermo es frío y distante conmigo.

Nada de lo que yo haga conmueve a éste tipo.

miércoles, 24 de febrero de 2016

LEDA ATÓMICA



Sediento de saber lo que Dios sabe, 
Judá León se dio a permutaciones de letras 
y complejas variaciones 
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave”

Jorge Luis Borges
El Golem




     Ahora tengo claro que es muy difícil que una mujer ame a un hombre como Laura ama a Claudio.      Y aunque él me odie por decirlo, es puro azar. Una suerte bárbara tuvo este muchacho de que una mujer como Laura se haya enamorado de él.
     A ellos los conocí en la época de las discusiones con Ale.
     Siempre nos peleábamos.
     Cuando discutíamos delante de Claudio, él se quedaba en silencio y nos miraba imperturbable detrás de la neblina de uno de sus Parissienes. En medio de los gritos y los reproches cruzados que nos arrojábamos con Ale, yo intuía que Clau estaba absorto persiguiendo una idea que desde hacía un tiempo lo mantenía alejado de las disputas que Alejo y yo manteníamos casi a diario. Nos peleábamos por cualquier cosa, nunca era nada importante, generalmente eran idioteces. Nos trenzábamos en discusiones feroces por el turno en el flipper, por quién iba parado o a quién le tocaba pedalear en la única bici que teníamos o por un vaso de agua. Algún día deberé escribir la historia de como Alejandro quedó tendido en la calle y con el treinta y ocho corto de un policía contra la cabeza por una pelea que empezó por un vaso de agua. Las peleas casi siempre terminaban igual, o bien Ale se enojaba y se iba furioso de donde quiera que estuviésemos o yo intentaba una reconciliación pidiendo disculpas en las que ni él, ni yo por supuesto, creíamos que fuesen sinceras. En esa época siempre estábamos los tres juntos. Terminaba la década del ochenta, eran los tiempos en que los cigarrillos cambiaban de precio a diario. Incluso era normal que el mismo paquete de cigarros tuviese un precio diferente entre kioscos que estaban separados por unos metros.
     Pero siempre, siempre discutíamos.
     A veces había treguas, como cuando nos poníamos los tres a jugar a las cartas de madrugada y apostábamos por quienes dormiríamos en las dos camas que había y quién lo haría envuelto en una frazada en el piso de baldosas heladas de la casa de Claudio. Pero si pasaba un día o una noche de paz, al otro día volvíamos a discutir:

-Te puse veintidós papas fritas, Ale.
-¿Que?
-Veintidós ¿ves?, te puse veintidós papas fritas.
-¿Qué?, ¿las contaste?
-¡Claro!, hay que ser justos. Equitativos.
-Yo no puedo creer que te hayas tomado el trabajo de contarlas.
-No quiero que pienses que me aprovecho de la situación, o algo así.
-¡Pero Germán! Las papas fritas se sirven a ojo y listo ¿qué importa unas más o unas menos?
-A mi me gusta ser justo, preciso y exacto. Más con vos que te enojás por cualquier pavada.
-¿Y vos también te pusiste veintidós?
-No, yo me puse diecisiete… para equilibrar.
-¿Para equilibrar que cosa?
-Las milanesas son impares, hay tres, yo me agarro dos y, en compensación, te doy a vos mas papas fritas.
-¡No podés equiparar una milanesa con cinco papas fritas!
-¿Por qué?
-¡¡Porque una milanesa tiene más valor que cinco papas fritas!!
-¿Y eso? ¿desde cuándo?
-¡Desde siempre Germán! y desde cualquier punto de vista. Una milanesa siempre es más que cinco papas fritas. Además… ¡¡cinco papas fritas !!
-¡Ahhh! ¡Ahora me vas a acusar de injusto solo porque para vos la milanesa tiene más valor que su guarnición!
-Andate al carajo…
-Son finitas ¿ves? Parecen grandes porque las empané dos veces.
-No me hables más, por favor. Que tipo imbécil
-¿Ves que te enojás por una pavada... bueno...por cinco pavadas.
-Callate idiota!!
y asi...
     Y Claudio nos miraba imperturbable. Encendía uno de sus cigarrillos negros y se quedaba detrás de su mirada de flequillo y ojos verdes. Alguna vez Ale me dijo que Clau no intervenía porque eran discusiones idiotas. Yo asentí sin decirle nada, pero íntimamente pensaba que su comportamiento apático se debía a que ya había almorzado.
     A veces organizábamos reuniones que tenían como excusa la música o la militancia o una cena. A veces era un cumpleaños, pero casi siempre nos reuníamos porque nos gustaba estar juntos. Claudio y Laura eran compañeros de colegio, pero yo los conocí en situaciones diferentes. Esa noche, además de ellos que se entretenían en la cocina amasando pizzas y riéndose, también había gente de las agrupaciones políticas en las que cada uno de nosotros militábamos. La verdad es que no importaba si tal era de una agrupación o de otra, porque casi siempre había “federaciones” que nos aglutinaban a todos. Me fui un rato al balcón a fumar y a ver la luz del faro, apenas un resplandor, debajo de la Cruz del Sur y encima de los techos de los galpones del puerto. Laura se acercó con las manos llenas de harina, odiaba la incertidumbre y también las certezas como bloques de mármol. A Laura le gustaba estar, dejarse llevar por la sucesión de días entre fotos de niños y aromas de tilo.
-Ya sabés -me dijo. -A mi no me gustan los compromisos, pero hoy voy a hacer la apuesta más grande de mi vida, quizás la única. Voy a ponerme formalmente de novia con Clau- Laura se sacudió un poco las manos y sacó de uno de los bolsillos del pantalón un papel doblado prolijamente en cuatro pliegues. Yo me imaginé lo que era y acerté. Me mostró un mandala. Laura hacía mandalas todo el tiempo con biromes de tinta azul, roja y verde.
-Claudio va a ser el hombre de mi vida, mi compañero. Tendremos tres hijos y vamos a comer pizzas todos los domingos a la noche-
-¡Buenísimo! -le contesté- yo quiero ser el padre del primer hijo.
-¡No boludo! -pero vas a ser el padrino ausente del primero.
-¿Y por qué ausente?
-Porque vas por el contorno de los mandalas. Solito y por el filo. Guardalo.
-¿Y éstos números?- le pregunté.
-Claudio me los dictó, no sé... Cada día está más raro.
-Cero tres cero tres diecinueve noventa y uno- leí.
-Hay que jugarle a esos?- le pregunté
-No creo, Claudio no juega.
     Dejé a Laura en el balcón y fui hacia mi habitación. Abrí la puerta, en mi cama estaba Ale besando a Lara. A Lara, mi novia.
-¿Qué mierda hacen? Pregunté más sorprendido que enojado.
-¿No te enseñaron que antes de abrir una puerta cerrada tenés que golpear? -me dijo Ale incorporándose un poco con el codo apoyado en el colchón.
-¡Pero si es mi puerta forro!
- Eso no tiene nada que ver, ¿cuándo ves “tu” puerta del baño cerrada (lo dijo recalcando el “tú”) y tenés invitados, acaso no golpeás?
-Golpeo por si hay alguien cagando, ¡pero no me puedo imaginar que detrás de la puerta cerrada de mi habitación mi amigo se está garchando a mi novia!
Lara nos miraba sin decir palabra.
-No estábamos garchando. Me dijo Ale encendiendo un Derby.
-Ah no? Pregunté incrédulo mirandolos.
-Si hubieses venido dentro de veinte minutos no se.
-¿Qué, te hacés el cínico forro? ¿Me estas fumando mis cigarrillos también?- pregunté alarmado.
-Tenía un paquete de Marlboro pero no lo encuentro. Me contestó Ale.
-Me los fumé esta tarde- le respondí. -No encontraba los mios, te abrí el morral y te los saqué.
Ale saltó de la cama, se subió el cierre del pantalón y poniéndose la camiseta me empezó a gritar: -¡me tenés harto!..¡siempre hacés lo mismo! Y aprovechó para tomárselas haciéndose el ofendido.
Me quedé mirando a Lara. -¿estás enojado? -me preguntó. -No, no sé. Que se yo- le respondí distraído.
-Yo te amo a vos, debe ser por el alcohol- me dijo para calmarme
-¿qué cosa?
-lo de Ale, Ger... estás un poco raro, como ido-
-lo que pasa es que Lau me dijo algo que me dejó pensando.
-¿que cosa te dijo?
-Recorrido perimetral, a veces verde a veces azul, y el azul se aleja
-¿Y eso? -me preguntó aliviada por el cambio de tema.
-Doppler
-¿querés algo de tomar?
-No, quiero tomármelas.
¿Adónde?
-Lejos.
     Alguien tocó delicadamente la puerta del cuarto donde estábamos con Lara. Claudio se asomó y reclamó su campera, -está por aquí y también un libro-. -¿Éste libro?- -Si- -¿qué es esto Clau? -un libro sobre la Teoría del Orden. -Ahh, mirá vos ¿y de que va? -No importa-, me contestó un poco seco Claudio y sin mirarme. -No es un tema para contestar con boludeces... de las tuyas-. Me quedé sin palabras y Lara se encogió de hombros con una semisonrisa. -En la semana hablamos- me dijo Claudio. -Igual te dejo con una pregunta..., ¿vos sabés que le dijo Gorvachov a Reagan? -¿qué es una adivinanza?- Le pregunté -No, es un trabajo, cursos de ruso, el martes hablamos-
Nos dimos un rápido abrazo y se fue
-Está medio raro Claudio, me comentó Lara
-Para mi está igual que siempre
-No se, me parece como mas serio, concentrado...igual que vos, ¿ahora en qué pensás?
-¿Reagan sabe ruso?
     De a poco la gente se fue yendo de casa. Me quedé solo recogiendo las cosas. Una nube azul de tabaco flotaba a media altura. Yo iba y venía de la cocina con los ceniceros llenos de puchos aplastados, vasos, platos de plástico y servilletas de papel arrugadas. Sobre la tele apagada estaba el mandala que había hecho Laura, abajo del dibujo las cifras estaban tan remarcadas que el trazo había atravesado el papel. Mas o menos estaba todo en orden. Antes de dormir salí al balcón. El viento venía del sudeste con el olor de las fábricas de harina del puerto. Me terminé el cigarro mirando fijamente el resplandor hipnótico del faro.
     El martes fui a la casa de Claudio. Me dijo que teníamos que ir a una imprenta. Que nos darían unos afiches para pegar en la calle. Tomamos mate hasta que se terminó el agua de la pava, después salimos y bajamos por Castelli hasta Arenales. En la imprenta nos dieron sesenta carteles El primero lo pegamos en la esquina de España y Colón. Desplegamos el cartel y allí había una foto gigante de Mijail Gorvachov sentado frente a Ronald Reagan y abajo en grandes letras amarillas decía: “¿Qué le dijo Gorvachov a Reagan ? ¡¡Estudie ruso!!
-¡Pero esto es una pelotudez!- dije yo, -Acaso Reagan estudió ruso?-
-Dejate de joder Germán- me contestó impaciente Claudio -Terminemos que me tengo que ir a la biblioteca-
-¿y que vas a hacer?
-Hay una charla sobre la Proporción divina-.
-¿vos estás bien Claudio?, que cosas raras q andas leyendo... ¿Y eso de la proporcion divina que es? ¿90-60-90?-
-No, la proporción divina es un mensaje del universo, es La Razón Dorada, La Unicidad de Dios, La omniprescencia- me dijo Claudio con los ojos brillantes y algo perdidos.
-Ahhh!!- exclamé yo sin entender nada. ¿Puedo leer el mensaje?
-El mensaje está en las ramas de los árboles, en las nervaduras de las hojas... en el caparazón de cada uno de los caracoles. Dalí también vió el mensaje, y pintó el cuadro más perfecto de la historia, Leda Atómica, donde todo flota y nada se toca.
-Ahh...- volví a asentir, pensando que mi amigo no estaba del todo bien.
-Muchos vieron el objeto perfecto... ¡¡El dodecaedro Germán!!- me gritó
Me asusté un poco, Claudio revovía su bolso frenéticamente.
-Mirá- me dijo extendiéndome un papel.
Miré la hoja sin entender nada...
Ésto es lo que había escrito mi amigo en el papel:


-¿Y para qué es todo esto Clau?
- Porque hay quienes creen que vivimos inmersos en un caos , pero yo creo que todo tiene un orden y una razón de ser.
-¿No hay casualidades?
-No, hay destinos. Pero no están prefigurados, hay que saber por donde andar e ir tomando las variables adecuadas.
-¿Vos crees en Dios Clau?
-No, yo creo en Fibonacci, en los pétalos perfectos, en el orden que nos rodea y en el caos que acecha el orden. La inestabilidad de Bénard...
     Después de esa conversación anduvimos un poco distanciados. Yo me fui a vivir a Buenos Aires poco después del nacimiento de Leda, la hija de Lau y Claudio. Cada tanto tenía noticias de ellos por amigos en común. Claudio estaba cada vez más alejado de su casa y Laura laburando full time para mantener todo en un equilibrio que los estaba devastando.
     Pasaron años.
     Y una vez, de viaje en Mar del Plata, toqué el timbre de la casa en donde vivían. Nos abrazamos con Laura y me empezó a contar la obsesión de Claudio.
-Me tiene podrida Ger. Ve progresiones, cuerdas y tangentes por todos lados. Es insoportable. Mirá esto, me abrió la puerta de la habitación y vi que una de las paredes estaba cubierta por un galimatías de fórmulas, números y observaciones. Hace diez años que está estudiando los números que salen en la lotería cada día. Está obsesionado. Hizo ensayos tres o cuatro veces con poca guita y acertó. Pero él me dice que hay que esperar un poco más.
-¿Y ahora dónde está?- Le pregunté.
-Le acertó a un numero de tres cifras, fue a cobrar la guita. La verdad es que parece que funciona-
     Estábamos tomando mate y comiendo las facturas que les había llevado cuando apareció Claudio. Leda y sus dos hermanitos miraban la tele en la cocina. Estaba exitadísimo. Hacía años que no lo veía. Ahora tenía una barba frondosa, estaba un poco más gordo pero seguía con la mirada incendiaria. Me abrazó rapidamente, como si nos hubiésemos visto esa misma mañana, se sentó frente a nosotros y le dijo a Laura que el día había llegado.
-Ya está. A partir de mañana no voy a seguir leyendo aritmética, no trigonomtría, no geometría. Dejo atrás a Pitagoras, dejo atrás a Kolmogórov y su teorema, y dejo para siempre a Jacques Philippe Marie Binet que no descubrió nada pero simplificó todo...
-En serio?- le preguntó Laura incrédula, que no sabía quienes eran los tipos pero estaba aliviada de saber que su marido iba a dejar la locura.
-Si, escuchame- le dijo Claudio entusiasmado agarrándole las manos. -Sé que numero sale mañana en la quiniela. Mañana sale el 16889. ¡Te juro Laura!, hace diez años que sigo los números, vos sabés.
-Si, pero...- dudó Laura
-¡¡Toda la guita a ese número Laura!!- gritó Claudio levantándose de un salto.
-Claudio, ¿estás seguro?- Dije intentando hacer entrar en razón a mi amigo.
-¡Vos no te metas! que ella te diga la cantidad de cuadernos llenos de información que tengo. Las veces que dije “hoy sale éste número” y salía el numero ¿si o no Lau? ¿¿si o no??
-Claudio, jurame que estás seguro y yo te creo amor-... le contestó Laura vencida.
-Estoy tan seguro como estoy seguro de nuestro amor y nuestra familia.- le dijo Claudio muy serio.
Laura se levantó y desapareció del living unos minutos
-Y vos en que andás Germán? ¿amores, laburo?- me preguntó.
-Estoy de novio con una chica
-¿De Buenos Aires?
-Si, de Villa Crespo
-ah...
-Y estoy laburando en un restaurante de lujo
-¿Cocinás?
-No, limpio la grasa de los hornos, de las freidoras, y eso...
-Que interesante- dijo Claudio con la vista perdida en una de las paredes, lo cual me hizo dar cuenta que no me estaba escuchando.
Laura regresó con una cajita.
-¿Cuanto hay? Le preguntó Claudio
-Todo, Clau, todo lo que ahorré en estos años.
-Tranquila mi amor... es el 16889. En rato vengo-
     Yo aproveché y salí con Claudio. Intenté alguna charla sobre los viejos tiempos. Pero Claudio iba a paso rápido sin darse cuenta que yo estaba a su lado. Nos despedimos en la puerta de una agencia de lotería y me fui al asado en la casa de uno de mis hermanos.
     Al otro día me fijé en los resultados.
     Salió el 21312.
     En la ruina y sin ahorros Laura abrazó a su esposo sabiendo que jamás podría amar a nadie como amaba a su compañero.
     Y Claudio nunca llegó a entender el mecanismo exacto y la lógica perfecta que rige al juego y al amor.




viernes, 19 de febrero de 2016

-¿HOLA SUSANA?


Mucha tropa riendo en las calles
con sus muecas rotas, cromadas
y por la carretera vallada
escuchás caer tus lágrimas.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Los inocentes son los culpables
dice Su Señoría
(El Rey de Espadas)
Charly García

-¿HOLA SUSANA? ¡QUEREMOS COGER COMER!

El telediario pasa una noticia tras otra. en Corea del Norte un misil le saca la lengua al Tío Sam, los iraníes (siempre) traman algo, superproducción high tec en China, el Frente Polisario avanza a Sáhara Occidental desde Argelia. Un informe muestra gente vomitando en Haití. ¿Qué está pasando? Los haitianos están furiosos por la peste de cólera que se extiende por la parte oeste de la isla que comparten con los dominicanos. Le echan la culpa a los Cascos Azules nepalíes. Al parecer, en Nepal, el cólera es epidemia. Los soldados han tirado sus desperdicios en el río Mirebalais y desde allí la mierda se extendió por todo el país e incluso a la vecina República Dominicana. Hacía cien años que no se registraba un brote de cólera en Haití. Según estudios de laboratorio la cepa detectada que ya causó 1.000 muertos y ha infectado a 15.000 es de origen surasiático. Una vez más la ONU, literalmente, se cagó en ellos.
      La furia de los haitianos con piedras y palos se ha dirigido contra los Cascos Azules. Dos manifestantes han muerto y otros treinta han sido heridos, la réplica violenta de los soldados “pacificadores” ha sido en legítima defensa, según informa la ONU.
     Estábamos equivocados quienes pensábamos que algunas culturas tomaban los desastres naturales o provocados como un “castigo divino”. No es así, muchos se rebelan y nos revelan una dignidad que no aparece en los noticieros cuando los muestran impávidos con moscas alrededor de los ojos, o filman niños con panzas hinchadas por el raquitismo. No es algo natural para ellos el hambre o las enfermedades. No es algo aceptado aunque nos quieran vender eso.
     Los soldados de las Naciones Unidas han actuado en legítima defensa, vuelvo a escuchar. Los soldados tienen inmunidad jurídica. Pero más allá de eso, sobre los soldados hay más broncas que no aparecen por la tele. ¿Los haitianos atacan a las tropas de las Naciones Unidas por el cólera o hay algo más?.
     Las denuncias por abusos sexuales contra las fuerzas de paz de las Naciones Unidas se extienden por el mundo y a través de los años. Los soldados denunciados y encontrados culpables son simplemente repatriados a sus países donde no se les hace ningún tipo de juicio. Están plenamente probadas las denuncias por violaciones en masa hechas por Cascos Azules en República del Congo, Burundí, Sudán, Kosovo, Liberia, Costa de Marfil y (adivinen)… Haití.
     En 1993 Cascos Azules belgas e italianos fueron acusados en Somalia por actos de tortura, sadismo y violación. En ocasión de la operación “Restablecer la Esperanza”, ordenada por las Naciones Unidas, el sargento belga Dirk Nassel del Tercer Regimiento de Paracaidistas, fue acusado de golpear y humillar a un menor somalí. El sargento admitió los cargos y como descargo dijo que los menores iban continuamente a la base a mendigar comida. Obligó al niño de religión musulmana a comer carne de cerdo, además, amarró a la víctima a un tanque de guerra y ordenó al conductor que lo pusiese en movimiento. Otros dos soldados fueron absueltos, pese a las fotos incriminatorias, por la acusación de suspender sobre una hoguera a un somalí. Los jueces entendieron que lo habían hecho solo por... ¡entretenimiento! También fueron absueltos los soldados belgas participantes de una violación a una mujer somalí en ocasión del cumpleaños de uno de ellos y a los responsables de la muerte de un niño que fue sorprendido tratando de robar comida en la base Kisamayo. Al chico lo encerraron durante dos días en un contenedor metálico bajo los rayos de sol.
     Las denuncias se acumulan un año tras otro. Redes de pederastía en el continente africano y tráfico de prostitución en Kosovo. Jane Holl Lute, asistente de la secretaría general para las operaciones de paz admitió en una entrevista a la cadena BBC que “los problemas referidos a la explotación de población vulnerable por parte de Cascos Azules han existido desde el comienzo mismo de la creación de la fuerza”.
En Haití una niña de 11 años fue violada frente al palacio presidencial en Puerto Príncipe. Otra menor declaró haber sido violada en una base naval de la ONU en el año 2008. La dinámica es casi idéntica en todo el mundo, favores sexuales a cambio de alimentos. En 2007, el diario Los Angeles Times informó que, en Haití, "niñas de 13 años tenían sexo con soldados de paz de la ONU por un dólar".
Según un informe de la organización británica Save the Children efectuada en el año 2008, más de doscientos cincuenta niños de entre seis y diecisiete años admitieron haber sido víctimas de manoseos, relaciones forzadas o participación para filmes pornográficos por parte de fuerzas de paz. Al mismo tiempo la organización destaca que un gran porcentaje de víctimas no denunciarían lo vivido por temor a las represalias o a ser estigmatizados por su mismo entorno social. Cada uno de los niños dijo que conocían a su vez otros diez casos más de este tipo de comportamiento por parte de tropas o por empleados de organizaciones de ayuda.
Pese a que la ONU instó a los gobiernos de todos los países participantes en operaciones de paz para que se comprometan y juzguen y condenen a los soldados implicados en estos delitos, solo dos se hicieron eco, Sri Lanka y Sierra Leona. La mayoría de países no se hacen cargo del comportamiento de sus soldados más allá de sus fronteras.
En el informe citado anteriormente de Save the Children, se destaca que además de las fuerzas de ONU, otras veintitrés organizaciones de ayuda asociadas a estas acciones fueron acusadas por sus víctimas durante las entrevistas realizadas en el año 2008. La directora de Save the Children, Jasmine Whitbread, dijo que la investigación desnuda las "acciones despreciables" de los que "abusan sexualmente de los niños más vulnerables del mundo, a los niños que se suponía tenían que proteger"
Organizaciones de Derechos Humanos de Tumaco, en Colombia, han acusado a militares de los Estados Unidos de prostituir a menores de edad entre los años 2003 y 2007. El personal militar que se hospeda en hoteles cinco estrellas y que están allí para la lucha antinarcóticos, pagan por los favores sexuales con teléfonos celulares de alta gama. No solo tienen relaciones, también hacen cintas de video que se distribuyen en un mercado mundial y clandestino. Los embarazos y enfermedades de transmisión sexual se están extendiendo entre las menores y es un hecho imparable a raíz del miedo a denunciar por la complicidad de las autoridades locales y la absoluta impunidad de los extranjeros.
La flamante ministra de Relaciones Exteriores de la República Argentina es Susana Malcorra, Desde 2004 se desempeñó en la ONU como Directora de Operaciones y Directora Ejecutiva Adjunta del Programa Mundial de Alimentos. Fue acusada por delegados italianos y británicos por la burocracia impuesta durante la crisis en Darfur. Además, según cables y documentos filtrados por Wikileaks, trabajó a favor del gobierno de los Estados Unidos incorporando gente que le han sugerido en distintos puestos de trabajo, dándole de algún modo la razón a Diosdado Cabello, titular de la Asamblea Nacional de Venezuela, que la acusó de pertenecer a la CIA. Un tribunal integrado por tres jueces independientes convocados por Ban Ki-moon, llegó en diciembre de 2015 a la conclusión que los funcionarios de la ONU, encabezados por Susana Malcorra, Jefa de Gabinete de la ONU, habían intentado silenciar y ocultar los abusos sexuales a menores de edad perpetrados por los Cascos Azules de la ONU y fuerzas de paz de Guinea, Chad y Guinea Ecuatorial en misiones en el continente africano. En total son 13 abusos sexuales a niños por parte de 16 soldados en un campo de refugiados en República Centroafricana. Pese a todo, Ban Ki-Moon felicitó a Malcorra por el nombramiento en el gobierno argentino y declaró que en las Naciones Unidas cumplió sus funciones con “gran distinción” O sea, una salida honorable.
     El 18 de febrero de 2016, el diario Clarín (el de la corneta), publicó que Susana Malcorra estuvo hace pocos días reunida con Ban Ki-moon y que le entregó tres cartas firmadas por el presidente Mauricio Macri. En una de esas cartas el presidente Mau se compromete a aportar con presencia argentina las tropas de Cascos Azules.
     La relación de Macri con los niños está perfectamente documentada en varias noticias de distintos medios de comunicación. El ataque con balas de goma de la Gendarmería a un grupo de niños que formaban parte de una murga de carnaval, o la complicidad con los responsables de reducir a menores de edad a trabajo esclavo en talleres textiles clandestinos. Ahora sumará una nueva relación con los más pequeños, relaciones sexuales.
     La ley de los Cascos Azules es la que ellos mismos imponen entre excesos de alcohol y cocaína. Privilegian su erección urgente y condenan a un niño a crecer (si tienen la suerte de no ser asesinados) en el miedo, la vergüenza, los complejos y el rencor. La contradicción de defender la paz con asesinatos, torturas y violaciones no parece advertirla algunos medios de comunicación que se ponen de acuerdo para envolver a ciertos hijos de puta en un aura de política humanitaria correcta y de ojos azules.


     Los soldados ya están listos para una nueva misión. Preparan sus enseres fundamentales: drogas, balas, cámaras de video y preservativos... 

viernes, 15 de enero de 2016

STUD

      El ritual de los domingos comienza cuando Natalia sube la persiana negra metálica de la bicicletería pintarrajeada con un graffiti de color rosado con una “L”, una “P” y una doble “Z”. Las líneas de las letras forman caprichosos arabescos y ocupan toda la superficie opaca. Natalia entra y camina hasta la pared azul del fondo donde, en el centro, hay un logo de una bici dibujado con pintura blanca. Empotrado en la pared y en el extremo inferior izquierdo está el tablero eléctrico. Enciende las luces, prepara la planilla del día y se sienta a esperarnos en una silla plegable de madera debajo del toldo celeste que está en la entrada del negocio. Alterna el cigarrillo con el mate amargo. De a poco vamos llegando todos los del grupo. Mientras, Natalia se dedica a alquilar las bicicletas. Si el día está lindo se alquilan todas o casi todas ellas. Tiene un plantel de sesenta bicis. Son todas iguales, el cuadro de cada una es de color celeste pálido casi blanco y los puños de los manubrios de un material marrón parecido al cuero. Cada bicicleta tiene una cesta y un juego de luces, blanca la de adelante y rojo intermitente la de atrás. Paula y Jesus son los que traen el vino y las cervezas, Oscar se encarga de los cubiertos y el pan. Y yo, apenas llego, me voy al patio que está detrás del local y enciendo el fuego para el asado. Charlamos de cosas intrascendentes mientras tomamos vino y fumamos. Casi siempre las charlas tienen que ver con eventos que ocurren en la semana. Cosas de política o del trabajo de alguno de nosotros. Paula nos cuenta que tiene ganas de hacer un viaje a Eslovenia. ¿Por qué a Eslovenia? -le pregunto. -Porque tengo familia y quiero conocerlos. Viven en un pueblo que se llama Sezana. Parece que es un lugar precioso. Uno de mis tios cria caballos- me dice entusiasmada. ¿Por ahí vive Drácula? -le pregunto haciendome el chistoso. -¡No animal!- Drácula es de los Cárpatos y ésto está cerca de los Alpes.
      Jesús está en cuclillas ante una de las bicis. Le revisa la cadena, las luces. Acaricia el sillín y con unos golpecitos comprueba la presión de las ruedas. Toma un sorbo de vino tinto mientras su mirada recorre las líneas onduladas de los cables de los frenos. Dice algo en voz baja como para sí mismo o para la bicicleta. Natalia le pregunta y él le dice algo sobre que el color de las bicis, con el tiempo, se vuelve blanco. Natalia me mira y me hace un gesto con el índice de su mano derecha en la sien. Oscar, mientras tanto, trata de convencer a Paula que no hay un lugar mejor en el mundo que Tailandia, y que la reunión familiar debería ser en la isla de Ko Muk.

      Cerca de las dos de la tarde ya están casi todas las bicicletas alquiladas. El sol está en el centro del cielo azul y el calor se desparrama por la plaza. Solo quedan un par colgadas, la 19 y la 5 y también la 11 que es la que está revisando Jesús que dijo que si quedaba sin alquilar iría a dar una vueltecita luego del asado. Todos pensamos lo mismo, con la cantidad de vino que toma lo mas probable era que se quedara durmiendo debajo del toldo. Esta vez puse tira de asado y chorizos. Primero hice fuego con cuatro kilos de carbón y un poco de papel de periódico. No se porqué antes de poner el papel en forma de bollo, tengo necesidad de leer los titulares que están impresos. La verdad es que me importa muy poco lo que digan, son hojas viejas que Natalia guarda justamente para encender el asado. La hoja que agarré es de noticias internacionales, mientras se quema alcanzo a leer algo sobre una inundación en la ciudad de Leeuwarden, que no sé donde queda. Cuando el fuego está crepitando dejo que la parrilla se caliente y con un pedazo de grasa la limpio. El carbón, una vez que se ha puesto grisáceo, lo coloco en forma de corona alrededor de la parrilla y reservo cerca de la mitad de las brasas para ir agregando durante el transcurso del asado. Para comprobar que la temperatura es la correcta hay que poner la palma de la mano apenas por encima de la parrilla. El calor debe ser fuerte pero no al punto de que haya que sacar la mano inmediatamente. La carne se apoya del lado del hueso y tiene que estar salada previamente con sal gruesa. No me pregunten, no sé por qué mi viejo me enseñó así. Una vez estuve a punto de preguntarle el porqué de la sal gruesa, pero me acordé que cada vez que le preguntaba “por qué” el siempre me respondíía “porque si”, asi que como sabía la respuesta me quedé callado. A todos les gusta como queda la carne. Despues de un rato se ponen los chorizos. Previamente se los enjuaga en agua, tampoco sé por qué, pero asi es como me enseñaron. Se ponen sobre la parrilla sin pincharlos. Cuando la carne que rodea el hueso está hecha es cuando se dan vuelta las costillas y también los chorizos. Justo antes de servir hay que pinchar los chorizos teniendo cuidado de no quemarse con la grasa líquida que saldrá en forma de chorro ígneo asesino. Conozco gente que tiene marcas en las manos o en los brazos por quemaduras de grasa de parrilladas antiquísimas.
      Estamos todos en la mesa. Además de la carne y los chorizos hay ensalada de rúcula con tomate y una ensalada rusa. Jesus trajo dos botellas de vino Frisón. La particularidad del Frisón es que solo tiene una variedad de tinto. Cuando terminamos de comer Paula puso una fuente con fruta. Los párpados se me caían cuando Jesus dijo que se iba a andar en bici. Todos dimos gritos de aliento y nuestro amigo salió en medio de una lluvia de cáscaras de mandarinas y risas.
Mas tarde llegó el café y yo empecé a cabecear. Estaba sentado en una silla de playa junto a Natalia y Paula que no dejaban de hablar. Oscar hace rato que estaba acostado durmiendo la siesta debajo de alguno de los árboles de la plaza. Entre sueños se me colaban nombres que iban pronunciando las chicas. Pluto, Favory, Maestoso, Argentina, África, Rebeca... Los nombres se me mezclaban entre imágenes inconexas. No sabía si hablaban de viajes, de películas o vaya a saber de que cosas. Me desperté cerca de las seis cuando los clientes del día comenzaron a regresar para devolver las bicis. De a poco las paredes quedaron colmadas de bicicletas colgadas que formaron dos hileras de lo largo del local. Jesus tardaba en volver. Faltaba media hora para cerrar el local y la única que faltaba era la once.
      Nos quedamos fumando unos cigarrillos en la puerta del local. Estábamos sentados formando un abanico dándole la espalda a la entrada y mirando la extensión de la plaza. Fue entonces que vimos la bicicleta. Venía insegura, con el foco de delante algo inclinado y parpadeando irregularmente. Se acercaba de a poco, como cuando un perro acude a nuestra llamada un poco titubeante y temeroso. La bici venía subiendo y bajando los pedales despacio. A pocos metros delante nuestro dio dos vueltas sobre si misma, extendió el pie de apoyo y ahí se quedó. La once. Sola
Natalia agarró la bici, y sin dejar de mirarla minuciosamente nos dijo que estaba bien. Le enderezó el foco delantero y la entró con cuidado al local.
Las bicicletas no vuelven solas, dijo Paula. Lo dijo pensando en cualquier otra cosa, porque mientras hablaba no dejaba de mirar la pantalla del movil moviendo frenéticamente los pulgares abstraída en un juego.
      Cuando oscurece me gusta regresar a la parrilla y soplar con cuidado sobre las brasas tapadas de ceniza gris. Es el color anaranjado más hermoso que existe.



sábado, 19 de diciembre de 2015

PERIODISMO PARA TODOS






        Primero y antes que nadie, yo mismo. Yo, que sigo un comportamiento bovino como el resto de mi clase. Yo que escribo con la rabia del que sabe que no depende de éstas líneas para vivir. Yo que no estoy donde debería estar. Que no camino las calles ni abrazo a la gente que debería abrazar.

        Esta semana el periodismo argentino nos ha regalado una crónica maravillosa sobre la superación de un niño a través de las adversidades que ha tenido que vivir. Nos han contado por medio de la prensa, la radio y la televisión la historia de Lucas Cesio, un niño de doce años que ha vivido los últimos seis en la calle junto al resto de su familia. Hay varios detalles sobre los que vale la pena detenerse. En primer lugar, dada la difusión, pareceria que Lucas es el único niño argentino que vive en la calle, pero no es asi. Hoy en día no hay cálculos fiables para saber cuántos niños están en situación de calle en argentina, pero si se sabe que hay unos seis mil que no tienen cuidados parentales (familiares) en Buenos Aires y que son la mitad del total del país según Unicef (datos del año 2011).
       Lo que maravilla y babea a la clase media argentina y a sus pseudoperiodistas, es que Lucas y su familia ¡no han pedido dinero! Eso emociona el tibio culo de los consumidores de mierda periodística y ejemplos de vida. Cuenta Lucas que camino de la escuela pedían en almacenes, cafés y panaderías. Con mi familia no pedíamos plata, lo único que queríamos era lo que les sobrara para poder comer. Si nos querían dar dinero les decíamos que no, que preferíamos una empanada” Imaginen a la mamá de Lucas comprando remedios en la farmacia y pagándolos con vigilantes o bolas de fraile del día anterior.
     La noticia emociona mucho. Al ser entrevistada por la periodista Magdalena Ruiz Guiñazu, la directora de la escuela de Lucas, Karina Gorenstein, exponente brillante de una clase social hipócrita y que vive de las apariencias, le contesta que está “orgullosa de ser tapa de Clarín”.(Radio Mitre 18-12-2015)
      La noticia es replicada centenares de veces. Que nunca más uno de esos llamados “negros cabeza” se queje de su situación, Lucas pudo. Que no pidan ayuda, habitación o planes para sobrevivir, Lucas pudo. Estos hipócritas empleados de empresas de publicidad que se autodenominan periodistas, escriben temblorosos con los dedos a punto lágrima la historia de este chico como antes escribieron la historia del niño refugiado sirio ahogado en el mediterráneo. Nada dicen de los otros miles. Nada. Se quedan en un caso particular ninguneando los otros miles de casos particulares de los que no lo logran. De los que no logran vivir en la calle sin ser lastimados física o psicológicamente. Nada dicen de los que no terminan la escuela, de los que trabajan en talleres clandestinos de costura de la familia de una primera dama o en los yerbatales de algún expresidente, hoy embajador.
¿Cómo es posible que un niño viviendo en la calle forme parte de la realidad cotidiana y aceptada de una inmensa mayoría que se piensa “decente” de un país? No llama la atención un niño que vive en un coche abandonado, lo que llama la atención es que haya terminado la escuela sin molestar a nadie. Lucas dice, Una vez nos mandaron a un parador que tiene la Ciudad para los que viven en la calle, pero fue horrible. Nos miraban mal y nos gritaban. Esa noche la miré a mi mamá y le dije que no quería venir nunca más y que prefería estar en el coche”. Cuando la gente parecida a Lucas intenta tomar un terreno para dejar de vivir en un coche y vivir algo mejor, los vecinos saltan horrorizados ante el aluvión de los morochos. Quizás esa sea otra de las explicaciones para el fenómeno lacrimógeno. Lucas no es morocho, o sea que podría ser cualquiera de nosotros ¡válgame dios!
      El Estado está desaparecido. No importa cual sea el alcance territorial ni quien esté a cargo del Estado. Si un solo chico vive en la calle, es proclive a que lo hagan mierda en cualquier momento. Y el Estado no está. Ni el Estado del país con “Buena Gente” ni el Estado de “En todo estás Vos”. La mitad del país todavía está en éxtasis por la década ganada y la otra mitad todavía no deja de festejar el Cambio.
      Hace un par de años estaba caminando por el barrio porteño de San Cristóbal. Por encima de algunas calles, atravesándolas de forma perpendicular, pasa la autopista que conecta el sur de la ciudad con el aeropuerto de Ezeiza. Debajo de esos “puentes” muchas familias acampaban con todas sus pertenencias. Se veían bajo las frazadas y los plásticos los muebles, la ropa y los juguetes. De vez en cuando se veían sitios que estaban desiertos pero con rastros de hollín en las paredes y en la acera.       Les pregunté a mis amigos si sabían que era eso. -Si, -me decian,- los vecinos les incendian las cosas. Son peligrosos, nadie los quiere cerca.
No, nadie los quiere. Salvo que sea Lucas y salga en Radio Mitre, TN o Clarín.
No, nadie los quiere. Salvo que yazcan ahogados, en alguna playa del mediterráneo.
Nadie los quiere.

Excepto si sirven como una perfecta cortina de humo que tapa la torpeza de un Estado que, ahora es evidente, se dispone a fabricar muchos más Lucas. Algunos saldrán airosos, los demás serán víctimas de la avidez de unos pocos y la apatía del resto.

martes, 17 de noviembre de 2015

SAILOR



          Los que me conocen de verdad ya saben que soy un poco cobarde. Tengo ideas geniales que jamás llevo a cabo. Cuando era un niño e iba a la escuela a veces ocurría un estropicio monumental llevado a cabo por un grupo de alumnos o quizás habían pequeños sabotajes. Después que pasaban esos hechos las autoridades llamaban a mi madre. ¿Pero fue mi hijo? -preguntaba ella. Y no tenían más remedio que decirle que no, que yo no estaba entre el grupo que había atado a un alumno a un inodoro ni tampoco con el grupo que había hecho saltar los fusibles del tablero eléctrico. Pero sí estaban seguros que yo había sido el autor intelectual.
          Y era cierto.
          Por eso el otro día me asusté cuando lo vi tomando un café. Yo entré al bar a comprar cigarrillos y, mientras tanteaba las monedas en uno de los bolsillos del pantalón, nuestras miradas se encontraron. Sailor estaba con un amigo en una de las mesas del bar. Y yo sabía que Sailor sabía que lo que había pasado era mi responsabilidad. Yo le había dado la idea a los cabecillas del grupo. En ese momento tampoco pude controlar mi miedo y las manos me comenzaron a temblar mientras nos observábamos. Algunas monedas se cayeron al piso, pero enseguida Sailor bajó la vista y así quedo unos segundos, luego se enderezó y siguió escuchando a su interlocutor que no se había percatado de nuestro cruce breve y silencioso.
Salí del bar con los latidos del corazón en los oídos. Caminé hasta una pequeña plaza cercana y traté de serenarme respirando profundo y despacio. Encendí torpemente un cigarrillo y me acordé de aquella tarde.

-¿¿Ustedes están locos?? -preguntó alterado el gordo Sailor.
-¡¡Ustedes están locos!! -volvió a gritar, pero esta vez, con un dejo de miedo en la voz.
          Teníamos al gordo Sailor encerrado en la bodega de vinos que estaba en el sótano del restaurante. Formábamos un círculo a su alrededor. Éramos los camareros, los lavaplatos y los cocineros. Algunos se mostraban ante él desafiantes, pero la mayoría de nosotros estábamos a la sombra de la debil luz que emitia la bombilla de sesenta vatios que pendulaba colgada del techo abovedado. La verdad es que los únicos que dieron la cara fueron el Beto, el Tano y el Canalla. El gordo era el director, un psicópata que se encargaba a diario de aterrorizar a todos los empleados amenazándolos con suspensiones y despidos que muchas veces llevaba a cabo en el acto.
-Te... tengo amigos en la policía... -tartamudeó Sailor.
-De acá vas a salir sin amigos gordo de mierda, -le dijo el Canalla escupiéndole la cara.
          Yo estaba fumando un cigarrillo oculto en las sombras entre el resto del personal. El Canalla le hablaba al gordo con un cigarro en la boca disfrutando el momento y racionando su sadismo. El gordo sudaba como un cerdo asustado. Adivinaba que había más gente alrededor, pero no podía ver nada más allá del círculo de luz menguante.
-¿Qué quieren? ¿quieren más dinero? ¿¿Qué quieren??
-Queremos que nos trates bien. Queremos que nos des un trato de seres humanos. Que ya no nos grites ni nos amenaces -le dijo, calmado, el Canalla.
-Pues, ya no lo haré, pero déjenme en paz.- Al gordo le temblaba el labio inferior, parecía a punto de llorar
-No te creo, Sailor hijo de puta. -Le espetó el Canalla mientras le daba una larga calada al lucky.
-Créeme hombre, voy a cambiar. -intentaba convencerlo Sailor.
-Los mierda como vos, no cambian. Salvo que sepan que la cosa va en serio.
-¿Qué cosa?
-Lo que te vamos a hacer- le contestó el Canalla con un tono cargado de suspenso.
-No hagan una locura, ¡por favor!
-Ahora sos nuestro, Sailor, y vas a ser nuestro hasta el día que nos cansemos de vos, entendés? Sos un cerdo hijo de puta. El problema es que hay muchos cerditos, por ahi, en la calle, en las oficinas, en todos los trabajos. Cerditos psicópatas que juegan con el miedo de la gente. Cerditos que saben de una manera rara, que la gente responde a la voz autoritaria, que a la gente se la puede aplastar con amenazas y castigos y que así responden mejor porque la mayoría de la gente necesita un padre, o un dios. Y vos lo sabés cerdo de mierda. Pero pasa que a veces la gente ya no quiere al déspota manipulador. Y ahora las cosas cambiaron, y ahora vos sos nuestro-
          El Canalla desapareció un momento entre las sombras y solo quedaron bajo el círculo de luz el director y el Tano que lo tenía agarrado por el cuello de la camisa que chorreaba sudor. Entonces reapareció el Canalla trayendo un objeto. -Mirá gordo, ¿sabés que es esto? -le preguntó el Canalla mientras sostenía una vara frente a su cara. El extremo de la vara de acero terminaba en un círculo de unos diez centímetros de diámetro con unas letras que eran las iniciales del restaurante y que formaban círculos y arabescos. Es lo que usaban los cocineros del restaurante para marcar el azúcar de la superficie de la crema con sabor a canela. Dejaban el extremo de la vara sobre el fuego hasta que el acero se ponía al rojo y entonces lo apoyaban en el azúcar del postre hasta que ésta se ennegrecía desprendiendo un humo azulado y dulzón. Pero ahora la vara candente estaba a cinco centimetros de los mofletes brillantes y temblorosos del gordo.
-Te vamos a marcar Sailor. Te vamos a marcar como se marca al ganado. Sos un cerdo y eso no va a cambiar, la diferencia es que ahora vas a ser nuestro cerdo.
          El Canalla agarró al gordo que se debatía con alaridos agudos. Era tanto su terror que se había meado. El Canalla primero lo hizo arrodillar en el piso de cemento y después le agarró la cabeza y le apretó la cara contra el piso. El Tano sonreía con la Cannon lista para inmortalizar el momento. Yo fumaba otro cigarrillo y me temblaban un poco las manos. El Beto salió de entre las sombras y bajó los pantalones de Sailor que lloraba y suplicaba. Todos vimos entonces el enorme culo blanco y redondo de Sailor que brillaba como una luna llena en medio del ojo de un huracán.
De pronto el sótano se llenó de olor a carne asada. El gordo gritó de una forma desgarradora. Fue un grito largo, larguísimo que terminó en sollozos entrecortados y algo resignados. Los flashes de la cámara del Tano iluminaban como relámpagos las caras entrecortadas de los empleados,
-Ahora andá Sailor, -le dijo el Canalla mientras miraba atentamente las letras de la vara que se enfriaba de a poco y perdía el brillo anaranjado. -Contales a tus amigos lo que te hicimos. Si tenés huevos contales. Van a venir y quizás nos agarraren a todos. Y entonces nos van a meter en prisión ¿sabés? y van a pasar seis meses o un año, o quizás dos. Pero no importa los que pasen porque vamos a buscarte por donde sea y te vamos a encontrar. Porque a partir de ahora sos nuestro cerdito Sailor. Estás marcado, sos de nuestra propiedad. Y si te portás bien no te va a pasar nada, pero si nos jodés, Sailor, si se te ocurre jodernos, la próxima vez te vamos a cortar los huevos y no es un chiste, ya ves que vamos en serio.
          Ahora andá, Sailor... andá cerdito.

martes, 29 de septiembre de 2015

ARTE



     Hay días que me exijo un poco más. Es que lo único que me queda ahora es la variedad, y para eso, para lograr diversidad, hace falta imaginación. El problema es que es dificil sostener la inspiración tanto tiempo. Además, hay algunos tipos que cuando ven un árbol dicen haberlos visto a todos, entonces imaginen cuando ven una nube. Detesto esa clase de tipos que a veces ven las nubes de reojo y solo hacen un comentario respecto de ellas cuando son grises y amenazan tormenta. A algunos les parece que lo mio es una actividad rutinaria, es cierto, algo de eso hay, pero es un pasatiempo que, además de ser necesario, es agradable.
     Tomo aire profundamente, tanto aire como puedo y lo contengo un instante. Lo dejo salir de a poco. El secreto es la velocidad de espiración y el movimiento con los labios. A veces uso un poco las manos, pero con el tiempo aprendí a valerme solo de mi boca.
     Hago nubes.
     Yo hago las nubes. Todas las que se ven.
     Al principio me deleitaba con las formas y los colores, y también disfrutaba de las sombras que se pasean por las laderas de las montañas o por la superficie de los mares serenos. Pero eso era muy, muy al principio. Después vinieron los hombres y comenzaron a señalar mis creaciones. Cada uno de los miles de millones de hombres, sin excepción, en algún momento de sus vidas se deleita con mi arte esponjoso. A veces me acusan de ser soberbio, y tienen razón, pero es que yo ¡no fallo! Las nubes siempre llaman la atención, a veces por las tonalidades en los atardeceres y otras por las formas que recuerdan a otras cosas. No es casualidad porque lo hago a propósito. Hago nubes con forma de delfines y tortugas, con forma de siluetas de pájaros o perfiles de continentes. Los niños saben apreciar estas cosas.
     En algunas ocasiones hay algún desliz, y eso se debe a que ya ha pasado mucho tiempo desde que comencé esta actividad y entonces es lógico que cometa errores. Por ejemplo, recuerdo que una vez hice una formación monumental de mammatus, no voy a aclarar que son los mammatus porque todo el mundo lo sabe, eran centenares de esferas grises y amenazadoras que avanzaban imponentes de sudeste a noroeste por el atlántico sur, pero una de ellas iba a contramano del resto. Otra de las veces he olvidado de hacer avanzar una nube que quedó detenida, lloviendo seis días, sobre un tren también inmovil. Lo que me divierte muchísimo es crear tormentas repentinas que no dan tiempo a descolgar la ropa que se seca. ¡O tormentas de granizo! Esas que amargan a los adultos con coche y encantan a los chicos que juntan las piedras blancas heladas en sus manitos. Lo de los errores a veces me estresa, no es que generen un gran problema, pero me molesta tener que dar explicaciones al Administrador.
     Me gusta hablar de mi pasatiempo porque hacer nubes es todo lo que hago todo el tiempo.
     Hay una nube que tiene forma de flor, de una Dalia, y hace tiempo que da vueltas por el mundo, la creé hace unos trece mil años, pero es tan perfecta que la dejé libre en una hermosa deriva ingrávida.
A veces pasa que, cuando me falta inspiración, acudo a mi archivo. Entonces empiezo a repetir series de nubes de años anteriores. Hay un joven en China que increíblemente se dio cuenta. Parece que es un aficionado a mi arte y hace anotaciones. Escribió una carta a un periódico diciendo que en agosto de 1989, junio de 1994, julio de 1996 y en octubre de 2008 las nubes que circularon por el cielo de la ciudad de Tianshui, situada a pocos kilómetros al oeste de Xi´an, eran exáctamente iguales en su forma, cantidad y velocidad. Muchos lo tomaron por tonto, fantasioso y acaso de mentiroso. De todas formas escribió un libro titulado “Nubes Replicadas en el Cielo del Tiempo”. Tengo una copia conmigo, es interesante, lástima que es una edición sin fotos.

     Yo hago nubes como otros se dedican a otras cosas. Hago algo original y hermoso que no existía antes de mi. Por supuesto que tengo imitadores, pero la diferencia entre las nubes y la bruma o la neblina es la misma que hay entre un artista y un artesano o sea, cada nube que hago es original y hermosa, cambia de forma y color según el clima o el terreno por donde pasa flotando. En cambio la niebla, la niebla es siempre lo mismo. Ya estoy viejo y un poco cansado. Eso se nota en algunos sitios por donde no paso hace tiempo. Pasa en lugares puntuales desde donde me llegan reclamos, por ejemplo en el pueblo de Qatrun al sur de Libia, en donde la arena amarilla cruje seca bajo los pies, o en San Pedro de Atacama en Chile, donde el cielo azul es tan profundo que duele, y también en en el tercer piso de un departamento de la calle Argerich de la ciudad de Buenos Aires, donde, aunque cierren las persianas, el sol brilla de forma perpetua.