sábado, 20 de diciembre de 2014

UNA ALTERNATIVA EN ALGUNOS ESPEJOS



      Cada mañana González repite la rutina que comienza al despertar y termina cuando entra a la oficina. Manotea el despertador que a las siete y diez grita un nuevo día, González se incorpora, aparta las sábanas y tantea con los pies las pantuflas. Camina lentamente hasta la cocina, enciende una de las hornallas y pone agua a calentar, en una taza pone una cucharadita de café instantáneo y dos de azúcar, apaga el fuego y saca la pava que deja de silbar, vuelca el agua en la taza hasta que ocupa tres cuartos del volumen total. Al mismo tiempo González se prepara una tostada de pan integral y la unta con un poco de manteca, se sienta en un taburete de madera en la cocina y escucha la radio mientras presta especial atención al estado del tránsito. El locutor recita los nombres de los distintos accesos y salidas de la ciudad y da cuenta de la fluidez vehicular en los mismos. González no solo no tiene coche sino que ni siquiera sabe manejar, pero esa escucha matinal forma parte de su impertérrita costumbre. Deja la taza vacía, la cucharita y el platito donde estaba la tostada en la pileta de la cocina. Ahora va hacia el baño y se mete bajo la ducha, el agua caliente alarga un poco más el placer de la somnolencia. Luego, con la toalla alrededor de la cintura pasa el dorso de la mano por el espejo empañado y comienza a afeitarse meticulosamente. Imagina, como cada mañana, que la chica que siempre se encuentra en el cuarto vagón del metro le sonríe, que por fin se acercan y se besan apasionadamente. De pronto, mientras hace una pasada con la máquina de afeitar le parece ver algo impropio en el reflejo algo como un movimiento ajeno al reflejo exacto. Por un momento deja la mano suspendida en el aire, fue algo muy sutil, como un aleteo de mariposa en el tiempo de la superficie espejada y empañada en los bordes. No le da importancia, seguramente fue una ilusión óptica o un titilar de la luz del baño, piensa. A los pocos segundos se olvida del incidente. Termina de anudarse la corbata, se pone el saco, agarra el maletín y sale a la calle, camina con paso veloz dos calles hasta que llega a la estación. Baja las escaleras, pasa la tarjeta por el lector magnético y espera en el andén. Llega el subte y se sube al cuarto vagón. Su mirada repasa los asientos y la gente hasta que ve a la chica. Es hermosa, piensa. Imagina nuevamente el beso apasionado con los ojos cerrados, enamorados. Con una mano palpa el bolsillo interno del saco donde desde hace meses tiene una carta escrita para ella, sigue sin atreverse a dársela. Baja en la estación del centro, camina unos metros y llega al edificio donde trabaja, sube doce pisos con el ascensor y entonces se encuentra con sus compañeros de trabajo, con su silla, su ordenador y sus papeles. Pasa la mañana estudiando a sus clientes, antecedentes crediticios, depósitos bancarios, obligaciones impagadas, capacidad de pago y seguros comprados. Durante el almuerzo alguien cuenta un chiste en voz alta y todos ríen. Gonzalez desde su lugar, en los suburbios del comedor, esboza una sonrisa. Ahora está de nuevo en su escritorio. Un poco antes de salir del trabajo pasa al baño, deja correr el agua, se lava las manos, se moja la cara y se mira seis segundos en el espejo, se acomoda el pelo, sale y continúa con las últimas carpetas del día. A las cinco y veinte de la tarde sale de la oficina. A veces, antes de regresar a su casa, pasea un rato por las calles céntricas, recorre librerías o toma algo con un amigo. Casi siempre llega a su departamento solo. Mira la tele, se hace algo de cenar y se acuesta a dormir.
      El sol obedece las miles de alarmas que suenan a intervalos regulares en cada meridiano de derecha a izquierda, y no tiene más remedio que brillar.
      Amanece de nuevo. Gonzalez arrastra los pies desde la cocina hasta el baño. Con la toalla alrededor de la cintura se dispone a afeitarse. Comienza, como siempre, por la mejilla derecha, el perfume de la espuma mentolada le da una sensación viril, cree que se vería bien con un cigarro en la boca mientras se afeita, cree recordar haber visto esa imagen en una película pero él no fuma, jamás lo hizo. Cuando termina la segunda pasada por la mejilla derecha siente un golpe de terror en el estómago. La mano con la afeitadora le pesa muchísimo pero queda congelada, suspendida en el aire. Gonzalez se queda mirando el espejo con la boca entreabierta. Su reflejo, lo que debería ser una copia exacta de si mismo le está sacando la lengua. Se toca despacio la boca con la punta de los dedos de la mano izquierda, pero su boca está cerrada. Está aterrorizado, lo que parece ser su cara en el espejo continúa con la lengua afuera, con una mirada burlona, sosteniendo la suya, la real, la de éste lado. No atina a nada, se le ocurre que quizás, si tocase el espejo... no se... si se percatara. Si quizás... Pero no, no se anima. No hay truco ni posibilidad de broma. El espejo es un cuadrado plano adosado a la pared con cuatro tornillos empotrados en tarugos hundidos en el cemento. De pronto su cara, no, no su cara, el reflejo de lo que debería ser su rostro se mueve. Es un movimiento leve, como un cabeceo hacia la puerta del baño. Con autoridad le está indicando que se vaya, que salga del baño. Gonzalez camina rápidamente hacia su cuarto y mira hacia atrás, como esperando con horror que algo ¿él mismo? Salga tras él del baño. Se viste a toda velocidad con las manos temblando. Sale de su casa casi corriendo. Durante el camino al subte intenta pensar claramente lo ocurrido ¿una alucinación? ¿qué es lo que me pasó en casa? Se pregunta mientras tantea nervioso la billetera para acceder al andén. Sube al cuarto vagón, está ensimismado en sus pensamientos. Cuando levanta la cabeza ve que la chica de sus sueños lo mira, baja la vista de inmediato avergonzado. La levanta de nuevo, la chica lo sigue mirando con una mirada tranquila y amistosa, siente como las mejillas se le arrebatan y baja de nuevo la vista, y así sigue el resto del viaje, hundido en su habitual cobardía que tan bien conoce, evitando hacer contacto visual con la mujer que desea.
La pila de carpetas lo espera en su escritorio. Del portalápices de madera imitación ébano que le regaló su amigo invisible la navidad pasada, elige la lapicera azul, la que le regaló su jefe. El jefe tiene diez años menos que él, se rumorea que se acostó con casi todas las mujeres que trabajan en el sector “Seguros”. Un tipo muy seguro de si mismo, maneja con habilidad un sector compuesto por noventa y tres empleados. Gonzalez está convencido que su jefe es un psicópata que aprovecha las debilidades y las fortalezas de cada uno para sacar el máximo provecho para la empresa y para si mismo. El tipo llegó de París con el paquetito envuelto en papel color cinzolino brillante. Le dijo que Champs Elysees es una avenida fabulosa, usó esa expresión “fabulosa”, una palabra que usan las mujeres en las películas. O quizás también las usan en los viajes de negocios que hacen con sus jefes y la pronuncian luego de una cena con champagne, luego de una noche de sexo o un poco después de un desayuno en las Galerías Laffayette. Eso pensó Gonzalez cuando Norma, la chica nueva de contaduría, le preguntó si le había gustado el presente que le había regalado Christian, el jefe. Concentrado en la resolución de créditos, olvidó casi de inmediato el incidente de la mañana. El trabajo mecánico y repetitivo le daba una agradable sensación. Se sentía más seguro dentro de la oficina que en su casa o en la calle con amigos. La oficina era casi como un hogar paterno, donde tenía sus obligaciones, su esparcimiento y de vez en cuando recibía una reprimenda o una palmada afectuosa. Solo en su trabajo era “alguien” pero en medio de la multitud o en la soledad de su hogar no tenía nombre ni imagen. Después de almorzar liviano y del café pero antes de sentarse en el escritorio fue al baño. Se mojó un poco la cara y se miró en el espejo. Con cautela y reprimiendo un sentimiento de miedo sostuvo la mirada y se quedó varios segundos mirándose a los ojos. Por fin regresó a su escritorio y terminó con las carpetas que faltaban. Decidió salir a caminar un poco, no tenía ganas de regresar aun a su casa. Entró en una librería gigantesca que tenía varios pisos con libros apetados en grandes muebles de madera oscura. Había mucha gente hojeando ejemplares de cocina, de religión y de autoayuda. Gonzalez se puso a caminar lentamente por los pasillos dejando que su mirada vagara por los libros prestando atención, no a los títulos sino a los dibujos y las fotos de las tapas. Hubo un libro encuadernado con cuero sintético que le llamó la atención. Tenía las letras del título y el autor en bajorrelieve. Lo abrió más o menos en el medio y leyó algunos versos al azar, algunos ni siquiera los terminaba. Aburrido, estaba a punto de cerrarlo cuando una estrofa saltó hacia sus ojos y atacó su serenidad, leyó: Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro paredes de la alcoba hay un espejo, ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo que arma en el alba un sigiloso teatro.” Dejó el libro con el poema de Jorge Luis Borges y salió a la calle. Se dijo a si mismo que estaba entrando en pánico sin motivo alguno, que lo de la mañana había sido una tontería, quizás hasta podría haber sido un sueño, quizás todo eso pasó antes de afeitarse, se aferró a esa idea.
      Recostado el el sofá pasaba los canales sin detenerse más de cuatro o cinco segundos en alguno de ellos. Después de cabecear dos o tres veces apagó la tele y se acostó en la cama de una plaza y media en su habitación. Eb medio de la madrugada caminó presuroso hacia el baño tratando de apoyar solo la punta de los pies en el suelo frio. Después de hacer pis y apretar el botón de desagüe se miró apenas un instante en el espejo y apagó la luz. Se durmió enseguida, el calor y el peso de la frazada con la que se tapó le dibujó una sonrisa de placer.
      A las siete y diez el sol se despereza y, puntual, comienza a bañar los frentes de los edificios de un color amarillo pálido. Gonzalez apaga el despertador y se toma el café con su habitual tostada con manteca. Al parecer, según la radio, hay una demora en el acceso NE2 por el choque entre un camión que transportaba leche y un coche particular. El tránsito en esa zona es muy lento, a paso de hombre, y Gonzalez se alegra de vivir en la parte oeste de la ciudad, ya que si tuviese un coche y viviese en la zona noreste de la ciudad tendría que pensar en caminos alternativos y, quizás, justificar su llegada tarde ante el enojo de su jefe y las miradas de lástima de Norma y el resto de las mujeres de la sección. Pero además, si tuviese coche, no tendría nunca la oportunidad de abordar a la chica del cuarto vagón. Enjuagó la taza aun caliente bajo el chorro de agua fría de la pileta de la cocina y fue hacia el baño. Bajo la ducha cerró los ojos y se abandonó al placer que le producían los hilos de agua caliente que bajaban por su cuello, por su pecho y espalda. Trató de no pensar en la erección que tenía, si se masturbaba perdería el subte de las 8,02 y no solamente no vería a la rubia de sus sueños sino que ¡peor! llegaría tarde al trabajo. Salió envuelto en la toalla y en el vapor y se empezó a cubrir la cara con la crema mentolada frente al espejo empañado. Cuando pasó el brazo por la superficie se asustó tanto que casi se golpea la cabeza con la pared azulejada detrás suyo. El corazón le latía tan violentamente que pensó que se le iba a salir por las orejas. Ahí, delante suyo, en el espejo estaba su reflejo casi exacto. Se veía el mechón de pelo negro contra la frente, los ojos marrones muy abiertos y la nariz fina. Pero los labios del reflejo no temblaban como estaba casi seguro que temblaban los suyos, y, además, el reflejo estaba con los brazos caídos y el aun sostenía a la altura de su mejilla derecha la maquina de afeitar. Movió un poco la mano con la maquinita hacia arriba y abajo, pero el reflejo o sea su reflejo, seguía con los brazos caídos. Pasaron siete, ocho, nueve segundos y el reflejo bostezó ostensiblemente aburrido. El reflejo le sostuvo la mirada casi con fastidio hasta que Gonzalez huyó del baño. Apenas pudo anudarse los cordones de los zapatos. Casi corriendo llegó a su tren y lo abordó. La rubia estaba sentada leyendo un libro voluminoso. Su cabellera larga y enrulada caía con chispas doradas hasta un poco más bajo de los hombros. Tampoco hoy le daría la carta, estaba asustado y nervioso. Antes de subir a la oficina tuvo unos minutos para comprar en el kiosco de la esquina una maquinita de afeitar descartable. Apenas llegó se dirigió al baño y rápidamente se afeitó. El reflejo exacto le permitió comprobar que se había rasurado adecuadamente. Una vez en el escritorio, Gonzalez pensó que quizás necesitaba unas vacaciones. Pensó que lo que estaba ocurriendo simplemente no estaba ocurriendo. Que eran alucinaciones por el exceso de trabajo. No podía ser por otra cosa. Solo tomaba alcohol en las fiestas con amigos, pero nunca se pasaba. Jamás había probado drogas, salvo en aquella oportunidad en la que en una fiesta de un cumpleaños de un compañero de trabajo que ya no estaba en la firma, una imbécil le convidó una porción de torta de chocolate que estaba hecha con manteca de marihuana. En aquella oportunidad Gonzalez estaba cómodamente sentado en un gran sillón escuchando música, bebiendo una cerveza y mirándole las piernas a una chica que iba y venía con copas a veces llenas y otras vacías. De pronto el del cumpleaños y otra chica comenzaron a repartir porciones de torta de chocolate. Gonzalez primero se negó, pero ante la insistencia aceptó y comió su porción como la mayoría de los que estaban allí. Al poco tiempo, cuando se quiso levantar para ir a buscar una lata de cerveza tuvo un ligero mareo, se quedó sentado y decidió esperar unos minutos. La chica de las copas se le acercó y le preguntó si quería algo. Gonzalez le dijo que si, que quería una cerveza. ¿fría? ¿el qué? ¿fría la cerveza? Insistió la chica, Si, por favor. La chica se fue y Gonzalez se quedó mirando como se alejaba, sus piernas largas, la minifalda y la nuca de la chica que llevaba el pelo negro con gel casi rapado. Para Gonzalez pasaron años hasta que la chica regresó, pero se dio cuenta que las manecillas del enorme reloj de la pared de enfrente apenas se habían movido. Quiso hacerle un chiste a la chica pero se le trabó la lengua. La chica se rio y él empezó a reírse histéricamente. Se dio cuenta que los que estaban cerca, al oírlo reir también se reían. Quería parar, pero no podía, escuchaba su risa como si viniese de otro lado, como si llegara a sus oídos desde afuera. Notaba como su estómago se contraía y se aflojaba por la risa pero también lo sentía como algo ajeno. La risa le hacía perder el aliento, sentía que se ahogaba, pero ni siquiera eso hacía que pudiese parar de reir. Por fin logró controlarse un poco, aunque de vez en cuando al oír una voz un poco más aguda que las otras o al ver como interactuaba la gente volvía a tentarse y las carcajadas regresaban. Una de las chicas se sentó en el reposabrazos derecho del sillón donde estaba él y le decía a la otra que le parecía que se había equivocado porque no estaba segura si el bizcocho debería llevar quince o veinticinco gramos de marihuana. La otra le decia que eso variaba en cuanto a la calidad de las hojas, de los cogollos o si eran de variedad sativa o indica. No lo sé decía la primera, lo hice más o menos como me pareció. Gonzalez se metió en la conversación y le dijo que la próxima vez podía usar, en vez de huevos gelatina y en vez de agua, almibar. ¿En serio? Le preguntó una de las chicas, Si, en serio, hay que hacer las cosas como las hiciste, o sea, como te parezcan. Tenés razón, le contestó la chica sin advertir la ironía. La otra ya se había ido. Gonzalez recordaba que se había acostado con la chica en la habitación del dueño de la casa. También recordaba que se había quedado dormido después de que la chica se fue un poco frustrada por la rapidez con la que él había acabado. Lo despertaron con las primeras luces del día siguiente. Se levantó de la cama excusándose con el dueño de casa que lo palmeaba y le sonreía. Luego, las siguientes semanas en el trabajo, el tipo se le acercaba para conversar pero Gonzalez hacía todo lo posible por evitarlo, hasta que un par de meses mas tarde, por suerte suspiró Gonzalez cuando se enteró, lo despidieron.
      El aroma a sándalo Clive Christian de su jefe lo saca de la ensoñación, Gonzalez se enfrasca en una de las carpetas y el jefe de pie a su lado lo felicita en voz alta para que todo el mundo lo oiga. “Gonzalez, su trabajo es muy efectivo, en la empresa valoramos su dedicación.” Lo dice mirando en todas direcciones pero no a él. Gonzalez intenta responder pero ya es tarde, el jefe se aleja saludando a las chicas que, arrobadas, aprecian su paso atlético y juvenil con deseo muy mal disimulado. De regreso a casa, cena algo ligero y se queda enganchado en un canal de televisión. Observa, recostado en el sofá, la pantalla sin sonido y el documental que narra el trabajo maravilloso de las termitas que construyen termiteros de hasta tres metros de altura. Se interesa en el trabajo especializado y de como millones de ellas pueden convivir sin conflictos internos. Cada una hace lo que debe incansablemente a lo largo de su vida.
      A las dos de la mañana se despierta sobresaltado, ahora en el televisor hay un predicador de alguna religión que recita con los ojos cerrados alguna alabanza. Apaga la tele, se acuesta en la cama y se duerme de inmediato.
      El sol ha sido adorado por casi todas las culturas desde tiempos inmemoriales. Quizás, si no hubiese sido venerado, aparecería cada mañana de la misma forma que lo hace. Sin sorpresas ni improvisaciones. Gonzalez no tiene ganas ni siquiera de un café. Dilata el tiempo despierto y tendido en la cama bajo la frazada a rayas. Lo cierto es que teme enfrentarse al espejo. Pero el trabajo lo espera, y debe ducharse y afeitarse. Se enjabona y se enjuaga meticulosamente. Cierra el grifo y se enfrenta al espejo. Con algo de temor barre la superficie empañada y ve su cara. Tiene un aspecto terrible. El pelo revuelto, unas ojeras pronunciadas y algo mas. Algo que no acierta a distinguir claramente. Pero si, es rouge. Se toca la comisura de los labios pero el reflejo no lo hace, en cambio, le sonríe con suficiencia y le guiña un ojo. Detrás de la figura alcanza a percibir el paso de una figura femenina. Fue algo muy rápido, los hombros desnudos y una cabellera rubia. Hasta le pareció percibir un aroma a duraznos, grosellas y cilantro. Es el mismo aroma que usa la chica del subte. Gonzalez recuerda que pasó toda una tarde en una perfumería del centro probando perfumes femeninos tratando de dar con el que usa la mujer de sus sueños, la mujer de sus viajes matinales. Al fin dio con el Cabotine de Grés. Gonzalez mira el espejo sin miedo pero con una mezcla de envidia y rencor. ¿Su reflejo se estaba acostando con su chica? ¿El reflejo con el otro reflejo? ¿Qué mierda le estaba pasando? Se pregunta con indignación. Le pega una trompada al espejo que se rompe en pedazos grandes, algunos quedan dentro de la pileta mezclados con espuma y otros se esparcen por el piso. Gonzalez sale con cuidado del baño y se viste con enojo. En el subte se sube al cuarto vagón y busca a la chica. Ella levanta la mirada del libro y le sonríe, Gonzalez le devuelve una mirada llena de odio y desprecio. “Puta, sos una puta”, piensa. Llega a la oficina y un compañero lo palmea. “¡Que carita Gonzalez! ¿estuvo buena la noche? Gonzalez se escabulle y se refugia en su escritorio. Trabaja sin descanso hasta la hora de salida. En el centro va hacia un negocio de artículos del hogar y se compra un espejo de setenta por setenta y cinco con sistema antivaho Clartherm. Una vez en su departamento lo instala en el lugar donde estaba el otro y lo mira satisfecho.
      Esa noche se acuesta temprano y se duerme plácidamente.

      Si el sol tuviese algún tipo de conciencia, quizás se sentiría un prisionero rodeado de pelotas enfriándose de a poco que dibujan elipses a su alrededor. Quizás se consolaría mirando a Urano con su extraña rotación y sus satélites tan literarios. Pero el sol no tiene, aparentemente, noción de si mismo. Así que su movimiento es tan poco interesante como el de las medusas. Gonzalez se despierta y desayuna su café y la tostada. Termina de ducharse y se enfrenta al flamante espejo totalmente limpio y sin condensación. Tan limpio está el espejo que no aparece en él ni siquiera su reflejo. Gonzalez putea en voz baja y se lleva la máquina de afeitar y la espuma mentolada al trabajo. En el vagón del subte revisa papeles de trabajo y no levanta la mirada ni siquiera una vez. Antes de entrar a la oficina mete la mano en el bolsillo interno del saco y hace un bollo con la carta inútil que lleva desde hace meses. Se dedica intensamente a su trabajo, ya tendrá tiempo de pensar si las vacaciones de veinte días “all inclusive” las toma en el caribe mexicano o en Río de Janeiro.