martes, 17 de noviembre de 2015

SAILOR



          Los que me conocen de verdad ya saben que soy un poco cobarde. Tengo ideas geniales que jamás llevo a cabo. Cuando era un niño e iba a la escuela a veces ocurría un estropicio monumental llevado a cabo por un grupo de alumnos o quizás habían pequeños sabotajes. Después que pasaban esos hechos las autoridades llamaban a mi madre. ¿Pero fue mi hijo? -preguntaba ella. Y no tenían más remedio que decirle que no, que yo no estaba entre el grupo que había atado a un alumno a un inodoro ni tampoco con el grupo que había hecho saltar los fusibles del tablero eléctrico. Pero sí estaban seguros que yo había sido el autor intelectual.
          Y era cierto.
          Por eso el otro día me asusté cuando lo vi tomando un café. Yo entré al bar a comprar cigarrillos y, mientras tanteaba las monedas en uno de los bolsillos del pantalón, nuestras miradas se encontraron. Sailor estaba con un amigo en una de las mesas del bar. Y yo sabía que Sailor sabía que lo que había pasado era mi responsabilidad. Yo le había dado la idea a los cabecillas del grupo. En ese momento tampoco pude controlar mi miedo y las manos me comenzaron a temblar mientras nos observábamos. Algunas monedas se cayeron al piso, pero enseguida Sailor bajó la vista y así quedo unos segundos, luego se enderezó y siguió escuchando a su interlocutor que no se había percatado de nuestro cruce breve y silencioso.
Salí del bar con los latidos del corazón en los oídos. Caminé hasta una pequeña plaza cercana y traté de serenarme respirando profundo y despacio. Encendí torpemente un cigarrillo y me acordé de aquella tarde.

-¿¿Ustedes están locos?? -preguntó alterado el gordo Sailor.
-¡¡Ustedes están locos!! -volvió a gritar, pero esta vez, con un dejo de miedo en la voz.
          Teníamos al gordo Sailor encerrado en la bodega de vinos que estaba en el sótano del restaurante. Formábamos un círculo a su alrededor. Éramos los camareros, los lavaplatos y los cocineros. Algunos se mostraban ante él desafiantes, pero la mayoría de nosotros estábamos a la sombra de la debil luz que emitia la bombilla de sesenta vatios que pendulaba colgada del techo abovedado. La verdad es que los únicos que dieron la cara fueron el Beto, el Tano y el Canalla. El gordo era el director, un psicópata que se encargaba a diario de aterrorizar a todos los empleados amenazándolos con suspensiones y despidos que muchas veces llevaba a cabo en el acto.
-Te... tengo amigos en la policía... -tartamudeó Sailor.
-De acá vas a salir sin amigos gordo de mierda, -le dijo el Canalla escupiéndole la cara.
          Yo estaba fumando un cigarrillo oculto en las sombras entre el resto del personal. El Canalla le hablaba al gordo con un cigarro en la boca disfrutando el momento y racionando su sadismo. El gordo sudaba como un cerdo asustado. Adivinaba que había más gente alrededor, pero no podía ver nada más allá del círculo de luz menguante.
-¿Qué quieren? ¿quieren más dinero? ¿¿Qué quieren??
-Queremos que nos trates bien. Queremos que nos des un trato de seres humanos. Que ya no nos grites ni nos amenaces -le dijo, calmado, el Canalla.
-Pues, ya no lo haré, pero déjenme en paz.- Al gordo le temblaba el labio inferior, parecía a punto de llorar
-No te creo, Sailor hijo de puta. -Le espetó el Canalla mientras le daba una larga calada al lucky.
-Créeme hombre, voy a cambiar. -intentaba convencerlo Sailor.
-Los mierda como vos, no cambian. Salvo que sepan que la cosa va en serio.
-¿Qué cosa?
-Lo que te vamos a hacer- le contestó el Canalla con un tono cargado de suspenso.
-No hagan una locura, ¡por favor!
-Ahora sos nuestro, Sailor, y vas a ser nuestro hasta el día que nos cansemos de vos, entendés? Sos un cerdo hijo de puta. El problema es que hay muchos cerditos, por ahi, en la calle, en las oficinas, en todos los trabajos. Cerditos psicópatas que juegan con el miedo de la gente. Cerditos que saben de una manera rara, que la gente responde a la voz autoritaria, que a la gente se la puede aplastar con amenazas y castigos y que así responden mejor porque la mayoría de la gente necesita un padre, o un dios. Y vos lo sabés cerdo de mierda. Pero pasa que a veces la gente ya no quiere al déspota manipulador. Y ahora las cosas cambiaron, y ahora vos sos nuestro-
          El Canalla desapareció un momento entre las sombras y solo quedaron bajo el círculo de luz el director y el Tano que lo tenía agarrado por el cuello de la camisa que chorreaba sudor. Entonces reapareció el Canalla trayendo un objeto. -Mirá gordo, ¿sabés que es esto? -le preguntó el Canalla mientras sostenía una vara frente a su cara. El extremo de la vara de acero terminaba en un círculo de unos diez centímetros de diámetro con unas letras que eran las iniciales del restaurante y que formaban círculos y arabescos. Es lo que usaban los cocineros del restaurante para marcar el azúcar de la superficie de la crema con sabor a canela. Dejaban el extremo de la vara sobre el fuego hasta que el acero se ponía al rojo y entonces lo apoyaban en el azúcar del postre hasta que ésta se ennegrecía desprendiendo un humo azulado y dulzón. Pero ahora la vara candente estaba a cinco centimetros de los mofletes brillantes y temblorosos del gordo.
-Te vamos a marcar Sailor. Te vamos a marcar como se marca al ganado. Sos un cerdo y eso no va a cambiar, la diferencia es que ahora vas a ser nuestro cerdo.
          El Canalla agarró al gordo que se debatía con alaridos agudos. Era tanto su terror que se había meado. El Canalla primero lo hizo arrodillar en el piso de cemento y después le agarró la cabeza y le apretó la cara contra el piso. El Tano sonreía con la Cannon lista para inmortalizar el momento. Yo fumaba otro cigarrillo y me temblaban un poco las manos. El Beto salió de entre las sombras y bajó los pantalones de Sailor que lloraba y suplicaba. Todos vimos entonces el enorme culo blanco y redondo de Sailor que brillaba como una luna llena en medio del ojo de un huracán.
De pronto el sótano se llenó de olor a carne asada. El gordo gritó de una forma desgarradora. Fue un grito largo, larguísimo que terminó en sollozos entrecortados y algo resignados. Los flashes de la cámara del Tano iluminaban como relámpagos las caras entrecortadas de los empleados,
-Ahora andá Sailor, -le dijo el Canalla mientras miraba atentamente las letras de la vara que se enfriaba de a poco y perdía el brillo anaranjado. -Contales a tus amigos lo que te hicimos. Si tenés huevos contales. Van a venir y quizás nos agarraren a todos. Y entonces nos van a meter en prisión ¿sabés? y van a pasar seis meses o un año, o quizás dos. Pero no importa los que pasen porque vamos a buscarte por donde sea y te vamos a encontrar. Porque a partir de ahora sos nuestro cerdito Sailor. Estás marcado, sos de nuestra propiedad. Y si te portás bien no te va a pasar nada, pero si nos jodés, Sailor, si se te ocurre jodernos, la próxima vez te vamos a cortar los huevos y no es un chiste, ya ves que vamos en serio.
          Ahora andá, Sailor... andá cerdito.

8 comentarios:

  1. Muy Tyler Durden.
    Mantiene la tensión al máximo.
    Excelente, como siempre.
    Saludos!

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  2. Ger eres terrible!! Está muy bueno, que bueno ...

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  3. Germán, ¿tú sabes cuántas personas trabajan en el Senado argentino? ¿Es verdad que no se sabe exactamente pero que en total habría unos 6.000 empleados para atender a 72 senadores, o que a cada legislador le correspondería la friolera de 83 trabajadores, según estimaciones oficiales?

    Así de sopetón es mucha pregunta, igual te colapso.

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    Respuestas
    1. ¿Tú no serás senador? Si tú no, The Villa, u Horacio. Alguno seguro. Las cuentas salen.

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  4. Que gente rara los Senadores. Sé que trabajan muy poco y ganan muchísimo dinero y aun asi hacen cosas increíbles. Por ejemplo, en España varios Senadores dijeron que habían perdido sus ipad que el estado les había obsequiado y reclamaron la reposición. Creo que fue más o menos para Reyes. ¿Increíble no? Casi tan increíble como los tópicos sobre las democracias de América Latina.

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