martes, 29 de septiembre de 2015

ARTE



     Hay días que me exijo un poco más. Es que lo único que me queda ahora es la variedad, y para eso, para lograr diversidad, hace falta imaginación. El problema es que es dificil sostener la inspiración tanto tiempo. Además, hay algunos tipos que cuando ven un árbol dicen haberlos visto a todos, entonces imaginen cuando ven una nube. Detesto esa clase de tipos que a veces ven las nubes de reojo y solo hacen un comentario respecto de ellas cuando son grises y amenazan tormenta. A algunos les parece que lo mio es una actividad rutinaria, es cierto, algo de eso hay, pero es un pasatiempo que, además de ser necesario, es agradable.
     Tomo aire profundamente, tanto aire como puedo y lo contengo un instante. Lo dejo salir de a poco. El secreto es la velocidad de espiración y el movimiento con los labios. A veces uso un poco las manos, pero con el tiempo aprendí a valerme solo de mi boca.
     Hago nubes.
     Yo hago las nubes. Todas las que se ven.
     Al principio me deleitaba con las formas y los colores, y también disfrutaba de las sombras que se pasean por las laderas de las montañas o por la superficie de los mares serenos. Pero eso era muy, muy al principio. Después vinieron los hombres y comenzaron a señalar mis creaciones. Cada uno de los miles de millones de hombres, sin excepción, en algún momento de sus vidas se deleita con mi arte esponjoso. A veces me acusan de ser soberbio, y tienen razón, pero es que yo ¡no fallo! Las nubes siempre llaman la atención, a veces por las tonalidades en los atardeceres y otras por las formas que recuerdan a otras cosas. No es casualidad porque lo hago a propósito. Hago nubes con forma de delfines y tortugas, con forma de siluetas de pájaros o perfiles de continentes. Los niños saben apreciar estas cosas.
     En algunas ocasiones hay algún desliz, y eso se debe a que ya ha pasado mucho tiempo desde que comencé esta actividad y entonces es lógico que cometa errores. Por ejemplo, recuerdo que una vez hice una formación monumental de mammatus, no voy a aclarar que son los mammatus porque todo el mundo lo sabe, eran centenares de esferas grises y amenazadoras que avanzaban imponentes de sudeste a noroeste por el atlántico sur, pero una de ellas iba a contramano del resto. Otra de las veces he olvidado de hacer avanzar una nube que quedó detenida, lloviendo seis días, sobre un tren también inmovil. Lo que me divierte muchísimo es crear tormentas repentinas que no dan tiempo a descolgar la ropa que se seca. ¡O tormentas de granizo! Esas que amargan a los adultos con coche y encantan a los chicos que juntan las piedras blancas heladas en sus manitos. Lo de los errores a veces me estresa, no es que generen un gran problema, pero me molesta tener que dar explicaciones al Administrador.
     Me gusta hablar de mi pasatiempo porque hacer nubes es todo lo que hago todo el tiempo.
     Hay una nube que tiene forma de flor, de una Dalia, y hace tiempo que da vueltas por el mundo, la creé hace unos trece mil años, pero es tan perfecta que la dejé libre en una hermosa deriva ingrávida.
A veces pasa que, cuando me falta inspiración, acudo a mi archivo. Entonces empiezo a repetir series de nubes de años anteriores. Hay un joven en China que increíblemente se dio cuenta. Parece que es un aficionado a mi arte y hace anotaciones. Escribió una carta a un periódico diciendo que en agosto de 1989, junio de 1994, julio de 1996 y en octubre de 2008 las nubes que circularon por el cielo de la ciudad de Tianshui, situada a pocos kilómetros al oeste de Xi´an, eran exáctamente iguales en su forma, cantidad y velocidad. Muchos lo tomaron por tonto, fantasioso y acaso de mentiroso. De todas formas escribió un libro titulado “Nubes Replicadas en el Cielo del Tiempo”. Tengo una copia conmigo, es interesante, lástima que es una edición sin fotos.

     Yo hago nubes como otros se dedican a otras cosas. Hago algo original y hermoso que no existía antes de mi. Por supuesto que tengo imitadores, pero la diferencia entre las nubes y la bruma o la neblina es la misma que hay entre un artista y un artesano o sea, cada nube que hago es original y hermosa, cambia de forma y color según el clima o el terreno por donde pasa flotando. En cambio la niebla, la niebla es siempre lo mismo. Ya estoy viejo y un poco cansado. Eso se nota en algunos sitios por donde no paso hace tiempo. Pasa en lugares puntuales desde donde me llegan reclamos, por ejemplo en el pueblo de Qatrun al sur de Libia, en donde la arena amarilla cruje seca bajo los pies, o en San Pedro de Atacama en Chile, donde el cielo azul es tan profundo que duele, y también en en el tercer piso de un departamento de la calle Argerich de la ciudad de Buenos Aires, donde, aunque cierren las persianas, el sol brilla de forma perpetua.

viernes, 4 de septiembre de 2015

MIERDA


Un ejército de penes acampa a la orilla del rio esperando cruzar. Algunos, fláccidos, parecen derrotados de antemano. Pero al contacto con la brisa, se desperezan y, otra vez, lucen erectos y listos. Son centenares de pijas anhelantes. Nabos, rabos, pollas, cipotes, trancas, vergas, pitos, porongas. Vienen de todos lados, se juntan. Esperan.

Del otro lado del rio una nube de moscas histéricas cubre una horda de mierda. Enormes soretes, algunos semiderretidos por el sol, aguardan el cruce de las chotas para trenzarse en combate. Algunos sorongos yacen envueltos sobre si mismos, como aislados del resto. Pero cualquier excremento sabe que a la hora de la llamada se juntarán todos como si fuesen uno, y se abalanzarán sobre el enemigo en forma de deposición explosiva, convirtiéndolo todo en materia fecal y reduciéndolo a caca.


Todo lo anterior son solo palabras. Algunos se pueden escandalizar un poco más o un poco menos, pero hasta los más sensibles olvidarán todo este aparente desvarío en unas horas.

Hacen falta fotos, parece. Porque no alcanza con las palabras. No importa cuantas veces se lean titulares que digan miles, desesperación, violaciones, guerra, hambre, familias, padres... niños. No, no sirven las palabras, hace falta la foto. Bueno, ahí está la foto, entonces. Ahí está el niño que ha sufrido una de las muertes más dolorosas que existen. Ahí está la imagen que hace falta para que no sigamos diciendo esa palabra idiota que no significa nada. Ahí está, tirado en una playa del mediterráneo, como un cacho de algo, uno de miles. No hace falta que escribamos ni pronunciemos nunca más esa palabra que nos queda tan, tan grande.


No digamos más, humanidad.